Secretos de confesión de Cajasur y San Vicente

No es que uno comulgue precisamente con la jerarquía eclesiástica –otra cosa es la Iglesia católica, por amor de Dios, déjenme separarlas-, aunque con la reforma de la Ley de Cajas de Ahorros de Andalucía el espíritu del buen samaritano se ha adueñado de mí y hasta lástima me ha dado aquélla tras comerse el órdago que, la pasada semana, lanzara al Gobierno de José Antonio Griñán, entrando, así, al trapo de un envite magistralmente orquestado por los socialistas y sus leales financieros.

Personalmente no me podía creer que en el PSOE andaluz hubiera gente que, a estas alturas y aún vigentes los acuerdos del Estado Español con la Santa Sede, se tiraran de los pelos hablando de los privilegios de los curas. Primero, porque los han tenido, los tienen y los tendrán por los siglos de los siglos amén, y hasta la propia Constitución Española recoge su llamémosle singularidad, más que consagrada en los pactos con el Vaticano de 1979 que, por cierto, ningún Gobierno, ni de derechas ni de izquierdas, ha alterado. Segundo, porque a los socialistas todavía les infunden tremendo temor las sotanas, no tanto por la educación recibida, que ésa se olvida, como por la enorme influencia que ejercen sobre la sociedad, y recordemos a María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta primera del Gabinete Zapatero, buscando paz en la mansión romana de San Pedro y el estratégico nombramiento del ex alcalde socialista de La Coruña, Francisco Vázquez, católico de pro, como embajador ante la misma. Y tercero, porque en la sevillana calle San Vicente, casa de la rosa regional, y en Torretriana, donde se ubica la Consejería de Economía y Hacienda, se perpetuaba, en un primer borrador de la reforma legal, el status quo de los hombres con alzacuellos en Unicajasur, que finalmente ha sido eliminado en el decreto aprobado por el Consejo de Gobierno.

Por ello, el grito al cielo, y nunca mejor dicho, de los socialistas andaluces tras la publicación del citado borrador era más falso que Judas, y venía a dosificar un globo sonda para diluir lo que no eran sino privilegios menores del Cabildo de Córdoba (qué más da que sus miembros en los órganos de representación de la caja fusionada los elija como le venga en gana o puedan tener hasta 75 años) porque los mayores (el peso en el consejo de administración, una vicepresidencia ejecutiva y un poder nada desdeñable sobre la Obra Social) permanecerán intactos, conforme al protocolo de fusión que pactaron Braulio Medel, presidente de Unicaja, y Santiago Gómez Sierra, su homólogo en Cajasur.

Que a los canónigos cordobeses les toquen lo que sea menos la Obra Social, y recordemos aquí la pactada salida de la socialista Aurora Atoche, quien asumió su dirección en virtud del acuerdo de 2005 que devolvía la tutela de Cajasur a la Junta de Andalucía, una salida en la que pesaron las relaciones con Gómez Sierra. Ocurrió hace algo más de un año, y desde entonces mucho han cambiado las tornas. El remordimiento que ha de tener la Iglesia al entregar ahora una creación suya, la caja cordobesa, nada más y nada menos que al PSOE…

Al PSOE regional, por lo demás, le queda el regusto de haber ganado la partida a un clero que, sin medir sus consecuencias, entró bravucón en la pelea y salió empitonado. No contaba con la seria advertencia de intervención por parte del Banco de España, menudo escándalo hubiera sido no sólo para las finanzas andaluzas, sino para la Iglesia y sus hombres de Dios, que son, y eso no se puede olvidar, los que han conducido a la entidad cordobesa a estar como está, no bien, y en cuestiones de dineros no caben milagros. Después de las arremetidas de éstos contra el Gobierno de Zapatero (matrimonio gay, aborto), quizás Griñán haya disfrutado al no atender las llamadas de auxilio de Juan José Asenjo, hoy arzobispo coadjutor de Sevilla y obispo de Córdoba cuando ambos firmaron aquel regreso de Cajasur a la órbita de la Administración autonómica, ni tampoco las de Gómez Sierra.

Ante la ofensa de la Junta de Andalucía por suprimir algunos de los citados privilegios de los curas-cajeros, a éstos no les ha quedado otro remedio que predicar con el ejemplo y poner la otra mejilla. Al menosprecio que dijeron sentir contribuyó Braulio Medel con sus declaraciones públicas de que no aceptaría singularidad alguna en la caja fusionada, ni una caja dentro de otra caja cual muñeca rusa, y si fuera así mejor paralizar la absorción (sí, hablemos en plata, es una absorción por mucho que la revistan de fusión).

“Existe mucho recelo hacia el otro socio [Unicaja]”, dicen fuentes internas de Cajasur, quienes no descartan “muchos más encontronazos” durante las negociaciones, “aunque ninguno puede ser como éste, que ha rozado el ridículo”. Por lo pronto, otra china en el camino acaba de aparecer, la del sindicato Aspromonte, mayoritario en Cajasur, que tanto debe a la curia y que verá menguada su influencia en la futura entidad. El pacto laboral será arduo, hay que eliminar duplicidades de oficinas y emprender, asimismo, un ajuste de plantilla que no será precisamente reducido.

Primero fueron las compensaciones económicas que el Cabildo de Córdoba quería para transigir con la fusión, y que negoció incluso a espaldas de la propia Cajasur. Después el frustrado órdago y el arrepentimiento exprés. Por dos veces una Iglesia tocada, aunque durante los tres años del periodo transitorio de la fusión no quedará hundida. Eso sí, las finanzas no son un confesionario y cualquier pecado saldrá a la luz pública, sobre todo cuando a quien dice la misa no le gustan los curas…

P.D.

La parva.

El consejero de Innovación, Martín Soler, advirtió a Astilleros de Huelva de que la Junta de Andalucía no pondría ni un euro si no había plan industrial y de que no iba a pagar las nóminas de la plantilla. No hay plan industrial y sí 4 millones de euros de las arcas públicas para avalar un crédito con el que pagar los salarios. No es lo mismo, pero es igual.

La simiente.

No hacen faltan grandes fusiones de cooperativas agrarias muy mediáticas. Fijémonos en Hojiblanca, que sigue extendiendo su red por las provincias andaluzas, y Sevilla no es una excepción. La maraña seguirá tejiéndose.

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