El Betis como empresa, la empresa de Lopera

Aunque les pese a los aficionados béticos y se fustiguen por ello, la sociedad mercantil del Betis, aunque quizás no el Betis, es de su mayor accionista, Manuel Ruiz de Lopera. Léase, su dueño. No conozco ninguna empresa en este mundo, e insisto, estoy hablando de la empresa, no del club futbolístico, en la que exista tanta confusión entre negocio y sentimiento, aunque conozco empresarios, si cabe llamarlos así, que han intentado mantenerse en su empresa a toda costa, a sabiendas incluso de que tal perpetuidad ha sido el peor daño que le han podido hacer.

Me comenta un colaborador, víbora en cuestiones de dineros, de Ruiz de Lopera que éste sí quiere desprenderse del Betis, siempre y cuando le den el parné que pide -y lo que pide es mucho- y el comprador se olvide de hurgar en el pasado, a saber el porqué. Y está dispuesto, agrega, porque se ha dado cuenta, ahora sí, de que ha perdido la notoriedad social que tanto anhelaba, y que tuvo, para él, dos episodios máximos: cuando le plantó cara a Manuel Chaves, ex presidente de la Junta de Andalucía, quien no tuvo más remedio que bailarle la música, y le quitó el nombre al Benito Villamarín para colocarle el suyo a un estadio sólo cuarto y mitad remodelado.

La economía es así. Quien vende pone el precio, salvo causa desesperada y en esta ocasión el Betis lo es, y quien adquiere o está dispuesto a pagarlo o se queda sin la ansiada empresa. Existe, sin embargo, otra teoría, la que predominó en los años de bonanza y burbujas varias, que habla de que una empresa, o cosa, vale aquello que el mercado está dispuesto a pagar por ella. Tal y como está el patio del Betis y de la economía, me inclino a pensar en la validez de la primera, no de la segunda.

Las cuentas del Betis, según publican mis compañeros de la Sección de Deportes Luis Alberto Lastra y Bernardo Rodríguez, son penosas porque no es lo mismo ser de Primera que de Segunda, ni tampoco estar en Segunda una temporada que dos. Dice Eustasio Cobreros, presidente de la Fundación Instituto Internacional San Telmo –que regenta la escuela de negocios del mismo nombre-, que un empresario ha de saber cuándo ha de cortarse la coleta, y estas palabras parten de quien, muy a su pesar, vendió una enseña comercial tan netamente andaluza como era Cobreros a una multinacional. Una retirada a tiempo es, para un empresario, una victoria, mientras que obcecarse puede convertirse en el mayor de los fracasos. Son enseñanzas de las escuelas de directivos.

Al empresario Ruiz de Lopera, tras la segunda temporada de su equipo en Segunda -que en una empresa sería rebajar la calidad del producto y perder contratos-, le quedan cuatro salidas. La primera, seguir tal y como está, controlando el club desde la sombra y agravando la situación económica y financiera de, insisto, la empresa. Segunda, y aunque tiene la mayoría del capital, renunciar a sus derechos políticos en la junta de accionistas, limitándose él a cobrar dividendo cuando toque y adjudicando la gestión real, no la falsa, a auténticos profesionales  de la dirección, que serían los encargados de aplicar planes de saneamiento de la sociedad, y tratar de, con los recursos que se tengan, arbitrar un equipo humilde –el dinero no daría para otra cosa- y sin estrellas, pero comprometido con sus colores, llamémosles el producto. Tercera, e improbable, acogerse al concurso voluntario de acreedores, antigua figura de la suspensión de pagos, y, al ser él uno de sus acreedores, aunque el principal es el Estado (Agencia Tributaria), procurar mantenerse como administrador mancomunado con los que designe el Juzgado de lo Mercantil. Cuarta, la que no pocos anhelan, que la jueza Mercedes Ayala, quien lo ha imputado por presunto delito societario, tome medidas preventivas sobre la administración del club una vez que declare a mitad de julio. Y quinta, vender, vender y vender, y a ver quién quiere comprar, comprar y comprar, porque los que están detrás de su oposición serán relevantes para los medios de comunicación, en sus más diversas facetas, pero a la hora de soltar el dinero, como que no. De esas cinco opciones, me inclino a pensar por la primera, la prolongación del cesarismo y, por ende, de la agonía.

Y es dinero lo que hace falta. A la empresa del Betis no le queda el recurso que salvó de la mismísima quiebra a la del Sevilla a comienzos de esta década. Pocos recuerdan que, en una estrategia contable muy al estilo de quien preside el club, José María del Nido, los de Nervión colocaron un patrimonio tan malo que rayaba en causa de disolución en una más que holgada situación patrimonial, pues apuntaron en el balance de la sociedad una revalorización futura de unos terrenos aledaños al Sánchez Pizjuán que ni siquiera habían sido aún recalificados por el Ayuntamiento hispalense, aunque sí había un compromiso verbal con amigos de la casa que entonces mandaban en Urbanismo.

Así que, sentimientos aparte, la cosa empresarial del Betis es tal y como queda aquí reflejada, y el que marche bien es condición sine qua non para que también lo haga el equipo, una y otro están irremediablemente unidos. Una empresa ni es una fundación ni es una ONG, sino que genera un producto o servicio a la sociedad y, por esa labor, obtiene un beneficio. Y al igual que la crisis económica azota a las empresas, que han de acometer drásticos recortes de presupuesto y plantilla, la crisis del Betis exige una búsqueda de soluciones, ni se puede vivir del populismo pasado –cuánto daño ha hecho, con la connivencia de los aficionados, a ver si aprenden que no hay salvadores de patrias, sino que ha de imperar el esfuerzo- ni del cuento financiero.

Y para los que duden: ni soy del Betis ni del Sevilla y el fútbol me trae sin cuidado. He hablado de empresa, no de afición ni sentimientos.

P. D.

La parva. Qué mal sabor de boca ha dejado la presentación de las 22 medidas del plan de choque para el sector agrario que la Consejería de Agricultura ha consensuado con las organizaciones andaluzas del campo. Por lo pronto, éstas no estuvieron en el acto, Asaja atacó a la propia consejera, Clara Aguilera, y alguna que otra lamentó que el evento no estuviera presidido por el jefe del Gobierno autonómico, José Antonio Griñán, quien hubiera dado un rango mayor a ese compromiso con la agricultura y la ganadería andaluzas, aunque sea sin presupuesto específico.

La simiente. Ojalá hubiera en Sevilla muchas empresas industriales como Iturri. La discreción caracteriza tanto a la compañía como a sus directivos, que la han convertido en una multinacional de primer orden y en uno de los grupos que más invierten en I+D+I en la provincia. Eso con independencia de polémicas con ciertas facturas del Ayuntamiento hispalense, que tienen más que ver con incompetencias dentro del Consistorio que con tratos de favor por cuatro euros y medios. Donde Iturri se juega el prestigio es en el exterior, y ahí apunta alto.

La paja. En un momento en el que los mercados reclaman la máxima transparencia y que cualquier ocultación de datos se reprende por dar pábulo a la sospecha, parece mentira que las cajas de ahorros andaluzas, todas, sin excepción, no hayan publicado sus cuentas del primer trimestre de 2010 y se haya tenido que esperar a que lo hiciera la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA). Como si demorar la realidad la ocultara…

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