Una rosa (con espinas) en Agricultura

Estaba ahí pero como si no estuviera. De vez en cuando aparecía, por Andalucía más bien poco, como esa lluvia de otoño que se espera y no llega para suma desesperación de los agricultores que quieren sembrar. Un ser y no estar, un no ser y estar, eso ha sido la gallega Elena Espinosa para el campo español. Su política no ha podido ser más plana en los seis años que ha estado en un Ministerio que hace tres perdió el nombre de Agricultura para convertirse en el de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino.

Sólo unos días después de haber asumido el cargo, allá por abril de 2004, le tocó batallar con las reformas comunitarias de tres productos tan importantes para la Andalucía agraria como son el aceite de oliva, el algodón y el tabaco. Y Franz Fischler, el entonces comisario europeo del ramo, literalmente se comió a la inexperta ministra, aunque en su descargo también hay que reconocer que el equipo anterior de negociadores, capitaneados por el ministro Miguel Arias Cañete, del PP, no le dejó las cosas fáciles, y el mal resultado estaba de antemano servido. La cara de Espinosa, ojeras hasta los pies, tras la maratoniana reunión en Bruselas era la viva estampa del fracaso.

Si el Gobierno español hubiera sido del Partido Popular, el de la Junta de Andalucía se le habría echado encima, como tantas veces lo hiciera con Arias Cañete y con su antecesora, Loyola de Palacio –ya fallecida–. Sin embargo, no hubo reproche alguno, y sí ataques contra el que se consideraba el ogro del campo andaluz, el comisario Fischler, ése que se comía las aceitunas directamente cogidas del olivo y se pringaba la barba de grasa. Lo cierto y verdad es que las organizaciones agrarias, al menos soterradamente, admitían que poco más se podía haber hecho a tenor de las severas propuestas de Bruselas, si bien al final se arrancaron mejoras, e incluso una sentencia del Tribunal de Justicia comunitario que, por primera vez en la historia, obligaba a la Comisión Europea, y a la sucesora de Fischler, a cambiar una reforma agraria, en concreto la del algodón.

Después vinieron las reformas del vino, las frutas y hortalizas y el azúcar. De las primeras salió más o menos airosa, en la tercera hubo más luces que sombras, dada la reconversión a la que ha sido sometida la industria azucarera y, con ella, el cultivo de la remolacha, que ha caído de forma drástica en la comunidad andaluza, y ahí queda el ejemplo del grupo Ebro, que tuvo que vender esta área de negocio a la multinacional British Foods por la paulatina pérdida de rentabilidad del negocio.

Entretanto, en toda la Unión Europea se implantó el complejísimo sistema del pago único, es decir, la distribución de las ayudas sin tener en cuenta el volumen de cosecha o el número de cabezas de ganado, aunque aquí el Ministerio sólo pactó criterios uniformes de aplicación con las comunidades autónomas, que son las que tienen transferidas las competencias en materia de reparto de las subvenciones europeas. Fue el llamado chequeo médico de la Política Agraria Común, que más que revisión constituyó una auténtica reforma de la PAC, y ésta otra vez patas arriba.

Después, con la remodelación del Gobierno en 2008, a su Ministerio se le cayó el nombre de Agricultura, algo inverosímil si tenemos en cuenta la tradición agraria del país y la importancia de su industria agroalimentaria. Medio Ambiente se juntaba con Medio Rural y Marino, y estos dos últimos conceptos no siempre se han llevado precisamente bien con el primero, la historia así lo demuestra, a ver qué dicen los ecologistas cuando se aborda, por ejemplo, la expansión del regadío.

Asaja no le echaba ni cuenta, UPA se mantenía al margen y hasta COAG, que no precisamente está lejos de las simpatías socialistas, exigió recientemente la dimisión de Espinosa, al igual que la primera de las organizaciones agrarias, cuya petición se esperaba. COAG no pudo ser más contundente. “Esta ministra no tiene ni puñetera idea del sector agrario”. Son palabras textuales. En noviembre del año pasado, las tres asociaciones dejaron atrás sus diferencias y, junto con las cooperativas, realizaron una histórica manifestación en Madrid ante la sede del Ministerio, que oficialmente era en protesta por la crisis del sector, añadida a la económica, pero oficiosamente la voz del campo, cada vez más olvidada, estaba exigiendo la reprobación de la ministra.

Pero es que tampoco ha destacado, ni por bien ni por mal, en cuestiones concernientes al respeto al entorno natural. Fue su compañera de partido y anterior ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, la que tuvo que, a duras penas, enfrentarse con una de las mayores incongruencias del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, la de paralizar el trasvase del Ebro y, a la par, llenar el litoral mediterráneo de desaladoras, pobres fondos marinos, cuánto gasto energético.

Fue Narbona, además, la que también tuvo que lidiar con las industrias y con los registros de emisiones de gases de efecto invernadero para así cumplir con el Protocolo de Kioto, y hecho el trabajo sólo quedaba vigilar que se cumplieran los límites. Poco trabajo, pues, para Elena Espinosa.

Había un ministro a la sombra, sí, el secretario general de Agricultura, posteriormente secretario de Estado de Medio Rural y Agua, Josep Puxeu, un catalán que del campo sabe, su trayectoria profesional se inició en cooperativas, aunque, dicen los empresarios agroalimentarios, le pierde su soberbia, la misma que le granjeó la enemistad entre algunas de las organizaciones agrarias, la misma con la que negó a este periodista un documento que había salido de su propio departamento, aunque no le interesaba que se publicara, tal vez porque trataba por igual en las ayudas comunitarias a quienes son desiguales, puesto que la productividad del campo es mayor en Andalucía que, pongamos, Cataluña.

Dos veces sonó Puxeu como ministro, una en 2008, la otra en junio pasado tras los insistentes rumores de cambio de Gobierno, que finalmente Zapatero orquestó el  20 de octubre, y en el lugar de Elena Espinosa colocó a una andaluza, Rosa Aguilar, ex IU y ex consejera de Obras Públicas, mujer política donde las haya, aunque de la cosa agraria sólo sabe para andar por casa. Quizás tenga un jardín…

Compañeros agrarios de Bruselas me preguntan cómo es Aguilar. Trabajadora incansable, dura, peleona, no delega, de trato exquisito de puertas para afuera, pero de las que tira –y pierde– los papeles de puertas para adentro si algo no está a su antojo o a su buen parecer. Buen cartel para cuando haya que pelear en Bruselas, y en los dos años que le quedan a este Gobierno de Zapatero –si es que los agota– ese genio le hará muchísima falta, pues se viene encima otra gran reforma agraria comunitaria y, para más inri, en un contexto de restricciones presupuestarias que marcarán el nuevo marco financiero de la Unión Europea para el septenio 2013-2020.

Que no piense Andalucía que tiene con Rosa Aguilar un bastión en Madrid para defender sus intereses, por mucho que haya formado parte del Consejo de Gobierno de la Junta presidida por José Antonio Griñán. Se ha demostrado la semana pasada, cuando la flamante ministra resbaló en una cuestión extremadamente delicada para el campo andaluz como es el acuerdo agrario entre la Unión Europea y Marruecos, cuya renovación, y ahora toca, siempre trae una mayor apertura de los mercados comunitarios a las frutas y hortalizas del país vecino, el sensible tomate.

Decía Aguilar que por qué oponerse al citado tratado agrícola, cuando hace sólo unas semanas la consejera andaluza de Agricultura, su ex compañera Clara Aguilera, firmaba un documento con sus homólogos de las principales regiones españolas productoras de frutas y hortalizas (Valencia, Murcia y Canarias), grupo como se ve de muy diverso pelaje político, en contra de las condiciones del acuerdo entre Bruselas y Rabat y del incumplimiento del tratado actual por los excesos en las exportaciones de Marruecos. De esa rúbrica tuvo conocimiento la entonces consejera de Obras Públicas, a menos que, cuando se trató en el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía, le entrara el sueño. Una ministra, eso sí, debe velar por el conjunto del Estado, no por una región en concreto, por mucho que Andalucía sea su principal comunidad agroalimentaria.

P.D.

La parva. No suelo hablar de política pero percibo en la última semana que retorna al PSOE la estrategia del dóberman, con la que en su día atacara a Francisco Álvarez Cascos, para meter miedo a la gente, que viene el PP, que viene. Les falta decir con nosotros estáis mal, porque no se atreverán a decir que estamos bien, pero con los otros estaréis peor. Mario Jiménez, portavoz de los socialistas en el Parlamento andaluz, anda pregonando que Javier Arenas es el líder de la crisis (¿?) y que si los populares llegan al poder, privatizarán todo lo privatizable, incluida la sanidad, y acabarán con el Estado del Bienestar. Pero qué nerviosos andan estos socialistas, qué discurso más soberanamente pobre y falto de ideas. Espero, por lo demás, que Tussam o Santana Motor no sean sus modelos de gestión pública, aquéllos que justifican la no privatización…

La simiente. Desde aquí, enhorabuena a Ricardo Domínguez, que dejará la Dirección General de Industrias y Calidad Agroalimentaria de la Junta de Andalucía tras ser fichado como jefe de gabinete por la ministra Rosa Aguilar. Los empresarios destacan de él su capacidad de trabajo y “que nos escucha a todos, además de que es ingeniero agrónomo y entiende qué es el campo y qué es su agroindustria”. Al menos habrá mayor receptividad cuando al Ministerio de Agricultura llamen desde Andalucía.

La paja. Ya es lo que nos faltaba a los periodistas económicos. El Servicio de Estudios de Cajasol ha elaborado su último informe de coyuntura, en el que da cuenta más de lo que se sabe (la evolución económica hasta ahora) que de lo que se espera (previsiones para el futuro, que es lo que, normalmente, suelen aportar los Servicios de Estudios). Quizás el informe sea más pormenorizado, pero no ha habido posibilidad de consultarlo, porque desde la entidad se remitieron a una nota de prensa que, lógicamente, hacía su propia interpretación del informe, sin dar la oportunidad a los demás de que aportáramos nuestra propia visión. Personalmente, no veo a Analistas Económicos de Andalucía, ni al Servicio de Estudios del BBVA, ni a Eseca (Caja Granada) ni al Servicio de Estudios de Cajamar, por nombrar sólo a algunas entidades que realizan previsiones periódicas, facilitando sólo una nota de prensa y guardando sus informes única y exclusivamente para consumo interno.

Standard

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *