Empresarios trileros

No escasean en esta Sevilla nuestra empresarios expertos en el trile, ese juego callejero de apuestas fraudulentas que consiste en adivinar en qué lugar de tres posibles se encuentra una pieza que manos habilidosas y muy proclives al engaño han escondido, levante usted, pierde, ahí no está, está aquí. Se trata de teóricos salvadores que salen al rescate de empresas al borde de la quiebra y al auxilio de gestores desesperados, quédesela, por Dios, deme un simbólico euro, llévesela con sus activos y deudas, que yo sólo aspiro a quitarme este muerto de encima.

El caso más paradigmático en España es el grupo turístico Marsans, cuyos antiguos propietarios, el ex presidente de la CEOE Gerardo Díaz Ferrán y su socio Gonzalo Pascual, vendieron la compañía a una sociedad de dudosa reputación, Posibilitum, especializada en la compra de empresas en riesgo, de qué, de irse al garete. Sin embargo, en Sevilla capital tampoco faltan los ejemplos, y el más relevante es el que atañe a la inmobiliaria Novaindes, declarada en concurso de acreedores pocos meses después de ser adquiridas por inversores que, en ese preciso momento de la transacción, decían tener grandísimos planes de futuro.

¿Cómo y por qué se atreve alguien a embarcarse en una compañía a punto de caer al vacío? El cómo es muy sencillo, estando al quite de los males ajenos y no aportando ni un euro, más allá de ese simbólico que consta en las escrituras. El porqué, exprimir al máximo las migajas y, entre ellas, saber y encontrar dónde están los diamantes en bruto, que los hay.

Ojo advenedizo para los negocios, experiencia en andar sobre el filo de la navaja legal, artificiero de la contabilidad, escurridizo en los tribunales, picardía, desdén por los acreedores y, por supuesto, mucha jeta. Sería el perfil de estos señores, que nada emprendieron en sus trayectorias empresariales y, en cambio, mucho indagan en cómo sacar tajada de las desgracias de los demás. La vida.

En un prestigioso despacho de abogados de Sevilla no dudan en calificar a estos especímenes de especuladores osados que, al olfato de suelos, arrendamientos que siguen generando ingresos, concesiones administrativas, por ejemplo de aparcamientos, y otros activos inmobiliarios primero compran la sociedad a un precio irrisorio a los atormentados empresarios e inmediatamente después solicitan concurso de acreedores –antigua figura de la suspensión de pagos- para reducir sus deudas, tanto las financieras como las contraídas con sus proveedores, y recortar a la mínima expresión la carga laboral, léase, despidos y expedientes de regulación de empleo.

Pero antes, claro está, ponen a buen recaudo las joyas de la corona. Pienso, por ejemplo, en el edificio La Florida, en pleno corazón hispalense, cuánto podrá valer a poco que se recupere el mercado, o en el centro de negocios Portaceli, en Nervión, o el complejo residencial Novatriana, en Pagés del Corro.

“Al fin y al cabo, estos empresarios juegan con la frustración de los acreedores, quienes siempre salen perjudicados cuando se presentan los concursos de acreedores, quienes, al final, se resignan a perder todo o buena parte de su dinero”, según comentan fuentes jurídicas.

No obstante, recuerdan que antes no, pero ahora sí, esos acreedores están más protegidos pues la responsabilidad de los administradores, que incluye la patrimonial –poderle reclamar las deudas no satisfechas con cargo al patrimonio propio- y la judicial –en el caso de que su mala gestión haya conducido a la quiebra- se extiende hasta dos años antes de la solicitud del concurso.

Es precisamente la situación en la que se encuentra Díaz Ferrán, parte de cuyos bienes están preventivamente embargados. A ver si cunde el ejemplo y los administradores concursales (quienes se hacen cargo de la compañía durante el concurso) procuran en todos los procesos buscar los indicios de culpabilidad.

Un respetado periodista deportivo me pregunta cómo se han enriquecido determinados empresarios vinculados ahora al mundo futbolístico. En esta entrada de blog está la respuesta, querido compañero, precisamente para eso la he concebido. Ser expertos en el juego del trile.

P. D.

La parva. No creo que la derrota de Santiago Herrero en las elecciones a la presidencia de la CEOE haya sido un rotundo fracaso. Quizás sí personal, pero no para el conjunto del empresariado andaluz, que ha alzado, una vez más, su voz en Madrid en su campaña de espantar tópicos. Es habitual en el patrón andaluz escuchar que uno debe ser leal a sus principios, pero debe ser también leal con su organización. No me gustó la recta final de su campaña, con los ataques directos al rival, Joan Rosell, aunque, eso sí, clamaba al cielo el favoritismo dispensado por la cúpula de la CEOE al catalán, cuando debería haber optado por la imparcialidad. Las formas son las formas, señor Herrero, y en ellas erró, y al errar afloraron claros síntomas de debilidad en su candidatura, y los electores no suelen sumarse a causas que de antemano se auguran perdidas. Dicho esto, considero que no debería pecar en exceso de orgullo y aceptar esa vicepresidencia de urgencia que le ha arbitrado Rosell, dado que el andaluz puede aportar mucho más dentro que fuera. Cabe recordar que, en su día, Herrero renunció a presentar batalla a Gerardo Díaz Ferrán cuando éste le ofreció la presidencia de la Comisión de Relaciones Laborales de la CEOE, pese a que tanto predicó la necesidad de un cambio de modelo en la organización empresarial nacional.

La simiente. Se extiende entre el empresariado y los analistas la opinión de que en España sobran administraciones públicas. El último en pregonarlo, el sevillano Antonio Hernández Callejas, presidente de Ebro Foods, compañía con fábricas en varias comunidades españolas y presencia en una treintena de países. Seguro que habla con conocimiento de causa.

La paja. No hay peor mensaje al mercado que la indecisión. Que la Junta de Andalucía haya retrasado ahora el impuesto sobre las bolsas y el canon del agua y otras medidas de incremento de sus ingresos revela dos cosas. Primera, que arbitró las medidas sin consultar siquiera a los colectivos afectados, y el disgusto de su rechazo se lo podía haber evitado. Y segunda, su auténtico pavor ante las próximas elecciones municipales y al vuelco que puedan dar al actual espectro político.

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