#yonoquierovotar

En el día de ayer, Twitter fue un auténtico hervidero de opiniones acerca de la reforma de la Constitución que, pactada por el PSOE y el PP, establecerá un porcentaje máximo de déficit público para que –y esto ha de quedar muy claro- no se desmadren, como hasta ahora, las cuentas de las administraciones. Entre los indignados por la propuesta del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, dos aportaciones básicas: la primera, que España ha claudicado ante las exigencias de los mercados financieros, llamémosles especuladores, y de Alemania y Francia, que están cociendo una nueva gobernanza económica para la Eurozona; la segunda, una masiva petición para que se convoque un referéndum donde el pueblo se pronuncie sobre  el cambio en la Carta Magna, en la idea, generalizada, de que vote no. ¿Y por qué no? Porque no, quiénes son Alemania, Francia y los mercados financieros, que hemos llamado especuladores, para meter la cuchara en texto tan sagrado, base de nuestro Estado.

Lo de la claudicación, para qué negarlo, es una verdad como un templo, y ahí quedan los ímprobos esfuerzos que el Gobierno está realizando, y los españoles sufriendo, para espantar a quienes, mala sangre, se aprovechan de la debilidad económica de este país y nos chupan los dineros vía pago de intereses de la deuda soberana. No hay que olvidar, por otra parte, que Francia y Alemania han sido contribuyentes netos desde el nacimiento mismo de la Unión Europea, mientras que España ha sido, desde 1986, un receptor neto de fondos comunitarios (para que se entienda: captamos más de lo que aportamos) y que, por tanto, Nicolas Sarkozy y Angela Merkel son quienes pueden decidir rescates de Estados (Grecia, Irlanda, Portugal) y, asimismo, ordenar al Banco Central Europeo la compra de deuda que, al menos por ahora, está salvando de la quema a Madrid y Roma.

Señores, la cuestión es muy sencilla, unos dan y otros pedimos, a ver quién tiene la sartén por el mango, ellos o nosotros, lógico y humano es, por tanto, que nos exijan condiciones para soltar los cuartos, aplíquense el cuento, queridos lectores, ¿ustedes, que rigen ahora sus presupuestos con austeridad, quizás en épocas pasadas no, pues el boom económico cegó a todos, familias ricas y familias pobres, países ricos y países pobres, ustedes, reitero, prestarían dinero a un socio, pongamos incluso amigo, derrochador, sin condiciones, a sabiendas de sus despilfarradoras manos? Por favor, sean sinceros en sus respuestas…

En cuanto a ese quiero votar, quiero votar, quiero votar, no niego el derecho que a todos nos asiste para pronunciarnos sobre cualquier alteración de la norma primaria del Estado, la Constitución, pero, en este caso concreto, el de limitar los excesos del déficit, a ver quién me explica qué necesidad hay de convocar un referéndum salvo que acudamos con la predisposición a votar un no rotundo sólo por el sacrosanto orgullo de decirle a Angela Merkel, chúpate ésa. Siento la ordinariez, pero el debate de ayer en Twitter (#yoquierovotar) se movía, mayoritariamente, en semejantes términos.

Como dice el catedrático sevillano Juan Torres, se nos ha convencido de que, por reglas ignotas, el déficit público ha de quedar limitado al 3% del Producto Interior Bruto, aunque nadie sabe a ciencia cierta el porqué de este porcentaje y no otro cualquiera. No sé cuál es realmente la razón, aunque entiendo que debe ser por la capacidad que tienen las cuentas de un Estado para hacer frente a los intereses derivados de las emisiones de deuda que financian ese déficit público. Sus cálculos habrá, digo yo, no será por antojo…

A los promotores de #yoquierovotar les hago una pregunta muy simple. ¿Por qué no consagrar la estabilidad financiera de un país en su Carta Magna si los desequilibrios nos están amargando la existencia? La Constitución es la esencia legal del Estado  y evitar los desmanes en las cuentas ha de ser esencial para que unas generaciones no hipotequen a las siguientes. Cualquier familia tiene un presupuesto y se debe adaptar, tanto ingresas, tanto gastas, tanto límite puede prestarte el banco, y si no lo hace, llegarán los desahucios.

Establecer un techo de gasto, eso sí, no debe encorsetar las actuaciones del Estado cuando las circunstancias, siempre excepcionales, obliguen a acometer inversiones adicionales para impulsar la economía y el empleo. Sin volverse locos, por supuesto, porque la locura del gasto superfluo nos ha conducido hasta el borde del abismo. Curiosa la reacción, después matizada, de la Generalitat de Cataluña, al señalar que limitar constitucionalmente el déficit iría contra su autogobierno. ¿Su autogobierno para qué, para mantener sus números rojos actuales, de cuyo amasijo, por cierto, participaron los independentistas de Esquerra Republicana?

En suma, si no hay compromiso para meter en cintura las cuentas públicas de las administraciones, en especial de las autonómicas, que sea la Constitución la que sentencie, oye tú, de aquí, de este límite, no pasas, porque tu exceso puede condicionar la salud económica del conjunto de este país. Y, sinceramente, no considero que para esto sea necesario un referéndum. Si lo hubiera, votaría sí.

P.D.

La parva. ¿Alguien se ha extrañado de que el presidente de la CEA, Santiago Herrero, se haya reunido con Mariano Rajoy y Javier Arenas? ¿Alguien se ha extrañado de su acercamiento?  Que las elecciones están a la vuelta de la esquina y, en Andalucía, los de siempre serán vencidos…

La simiente. Esta simiente va por Zapatero, por la valentía de proponer una reforma constitucional cuando está a punto de agotar la legislatura. Cualquier otro le hubiera dejado el muerto al sucesor.

La paja. Menudo papel el de Antonio Jara, presidente de Caja Granada, al embarcarla en el banco BMN. Sus previsiones de dar entrada a socios capitalistas externos no se han cumplido y ahora la entidad, aprisa y corriendo, deberá arbitrar su salida a bolsa para evitar la nacionalización. Y las prisas son siempre malas consejeras.

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