Quiero ser cajero

Soy tonto, diría incluso que más que tonto, tontísimo, ¿Qué hago yo aquí, con todo lo que se trabaja en un periódico, si podría haber entrado en una caja de ahorros, cualquiera de ellas, por méritos propios o por los ajenos que otorga el carné de partido vía esta última que no requiere siquiera sacrificios, haber dado codazos o rendido pleitesía a las siglas políticas para ascender, haber practicado la ley del mínimo esfuerzo, eso sí, en coche oficial, haber arruinado la entidad y, pese a todo, haber recibido indemnizaciones millonarias al pactar mi despido? Sí. Las cajas deben ser las únicas empresas del mundo con origen y filosofía social –filosofía, dejemos al margen la práctica, que esos árboles de la Obra Social no oculten aquel bosque de la estrategia bancaria pura y dura– que te hacen rico por llevarlas al borde de la quiebra, sólo al borde, aquí llega papá Estado a rescatarlas, qué sería de nuestros ahorros si no lo hiciera.

Las escandalosas indemnizaciones en Caja del Mediterráneo (CAM) y, sobre todo, en Novacaixagalicia, de las que buena cuenta nos han dado los compañeros de El País, podrán estar revestidas de toda la pulcritud legal que se quiera, no soy quién para ponerla en duda, pero son injustas e inmorales porque se conceden a individuos que, con su mala praxis, han arrastrado a las entidades al rescate, a la nacionalización.

Me podrán alegar que se aprobaron recientes cambios normativos que las obligaban a reforzar su capital y que, ante la crisis económica y financiera internacional, no han podido, no han encontrado dinero. Sí, de acuerdo, pero el problema no estriba en tales modificaciones impuestas por el Gobierno, sino en arriesgadas estrategias bancarias pasadas, de excesos inmobiliarios y escasos miramientos hacia la solvencia, estrategias de las que ellos, esos ejecutivos ahora ricos, fueron cómplices. E incluyo aquí otro pero: si, al final, no han conseguido captar en el mercado los fondos adicionales privados exigidos por el supervisor, será por la gran desconfianza labrada entre los inversores, recelosos de qué podrían guardar bajo la alfombra.

Me aventuro aquí a lanzar una teoría de las que duelen, y mucho. Semejante cautela de los inversores hacia la mayoría de las cajas, salvo honrosas excepciones, guarda estrecha relación con el hastío de la sociedad hacia la clase política, que, según el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas, es, a juicio de la población, el tercer problema más grave que revela nuestro país, tras el paro y la situación económica. No en vano, repletos de políticos están todavía los consejos de administración de estas entidades, para, que, junto a los trabajadores (sindicalistas) e impositores (resulta vergonzoso cómo se reparten los sillones de éstos entre unos y otros), todos nos creamos, ni que fuéramos ilusos, que representan un modelo social de banca.

Después, a la hora de la verdad, esos consejeros firman los documentos, las cuentas, los créditos, los balances, las actas, como quienes garabatean aburridos un papel, y tras finalizar las reuniones ponen la mano para cobrar las dietas, loadas sean para completar sus ¿pobres? sueldos de alcaldes, presidentes de diputaciones provinciales, etcétera, etcétera, etcétera. Imagínese usted, querido lector, que, siendo consejero de una caja, le han convocado a un consejo ordinario, por cuya asistencia le pagan mil euros (tirando muy pero que muy a la baja), y minutos más tarde se clebra otro con carácter extraordinario, con vale al portador por otros mil. El caché: por unas horas, dos mil euros sin levantar siquiera el culo del asiento.

Clama al cielo, por tanto, que unos, políticos, y otros, sindicalistas, se rasguen ahora las vestiduras por las indemnizaciones de los exdirectivos de las cajas, cuando, al menos en teoría, existen en estas entidades financieras órganos de control sobre los emolumentos comprometidos con la cúpula, órganos donde los traseros de aquéllos también reposan. Vayan al Informe de Gobierno Corporativo de Novacaixagalicia. Detalla las funciones de su Comisión de Retribuciones, entre otras la de informar al Consejo de Administración sobre, dice, “la política general de retribuciones e incentivos” para sus miembros y personal directivo. Escama esta expresión de “informar sobre la política general”, ¿verdad? Mucho me temo que aquí, como en otras cajas, haya sido un coladero por el que, a buen seguro, se ha escapado la “política concreta”, la que habría de detallar, para mayor transparencia y evitar futuros excesos, los euros que cobra cada uno, con sus céntimos incluidos.

Como lo fácil, por supuesto, es expurgarse y buscar un chivo expiatorio, ahí tenemos a Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España, sea él diana para los dardos de políticos y sindicalistas. Sin duda, reforzar la vigilancia por parte del supervisor hubiera sido plausible, pero tampoco cabe poner un policía tras cada uno de los directivos de las cajas para ver cuánto se embolsan, teniendo en cuenta que ya hay órganos de control internos en las entidades y se presupone, pues, que han de tener la total confianza tanto de éstas como del propio regulador, existiendo, además, otro filtro, el de las administraciones autonómicas, que tutelan a las cajas. ¿Y la Xunta de Galicia y la Generalitat Valenciana claman solamente contra Fernéndez Ordóñez? Un poco de autocrítica, por favor, a ver si vuestro papel sólo va a consistir en colocar a vuestros políticos en los consejos de administración y asambleas generales.

No. Lo de que quiero ser cajero lo decía con suma ironía. Tras los escándalos a los que estamos asistiendo y en medio de tanta crisis como la que tenemos encima, va camino de convertirse en sinónimo de aprovechado. Vaya reputación. A ver cómo las cajas remontan su imagen…

P. D.

La parva. Cubos llenos de hielo picado con cinco botellines de cerveza a tres euros, los domingos diez por el mismo precio. Es una agresiva campaña de una cadena de cervecerías, que de tapeo ofrece raciones de maricos, siendo también dobles los jueves por el mismo precio. La siguiente pregunta va para los directivos de Heineken España y, en especial, para los comerciales responsables de Cruzcampo. ¿Os creíais que Sevilla iba a ser eternamente fiel a esta marca por muy histórica que sea para la sevillanía? La crisis económica ha demostrado que no, que los ciudadanos de a pie miran por su bolsillo y los propietarios de los bares, además de por el bolsillo, por el servicio. En época de la Feria de Abril ya lo avisé en una entrada del blog La Siega. Cerveceras de fuera estaban entrando, y con fuerza, en un coto hasta ahora vedado como era el de las casetas.

La paja. El desprecio con el que se trata a Andalucía desde los políticos una vez más, los políticos de CiU merece, como se ha hecho, una reprobación por parte del Parlamento andaluz, donde reside la voluntad soberana de este pueblo. Como siempre, revelan su ignorancia sobre esta tierra y, en el caso concreto del PER, sobre las características de su agricultura. Dicho esto, y sin ánimo de dar pábulo a quien utiliza la altanería para ocultar sus propias carencias, sí creo que, tras tres décadas, el sistema del subsidio agrario requiere una reforma, y no tanto para quitar ni reducir la prestación (poco más de 400 euros al mes) como para ofrecer políticas activas de empleo (cursos de formación) efectivas para los jornaleros del campo. Parece mentira que, después de esas tres décadas, aún tengamos que estar dando explicaciones a terceros sobre el PER y su justificación.

La simiente. Durante una jornada sobre distribución comercial organizada por la Unión de Consumidores (UCA-UCE) de Andalucía y el Foro Interalimentario en Sevilla, fue gratificante escuchar cómo uno de los personajes más combativos contra los “excesos” de las compañías de supermercados e hipermercados, Eduardo López, actual secretario de Organización de la asociación agraria COAG-A, reconocía que en esta larga guerra librada entre los agricultores y las cadenas no cabe meter a todas en el mismo saco, sino que hay buenas y malas, unas que aprietan más al campo, otras que aprietan menos y procuran jugar a ganar-ganar, y no a ganar-perder. Hasta ahora, las organizaciones agrarias suelen hablar de la distribución en general. A ver cómo reaccionan las cadenas cuando se vean reflejadas con nombres y apellidos, como las que se citaron precisamente en ese encuentro.


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