Sin estupideces de campaña

Eran tantísimas las tonterías que decían nuestros políticos que el autor de La Siega decidió, durante las pasadas elecciones generales, ésas que desde el principio tenía ganadas Mariano Rajoy, difundirlas en Twitter bajo el epígrafe Estupideces de Campaña para mayor escarnio público. Los cronistas de partidos y, en general, de la cosa política suelen justificar la verborrea de mítines y ruedas de prensa con el argumento de la búsqueda del titular por parte de sus protagonistas, y de aquí cabe inferir que, a mayor sandez, mayor posibilidad de salir en la prensa.

Un ejemplo. A Rafael Escuredo, quien acudía la semana pasada a respaldar al candidato socialista José Antonio Griñán, se le escapó: “Los del PP son tan gilipollas que van de sobrados”. Después pidió perdón. “Se me calentó la boca”, se excusó. Perdonado queda, aunque tal exabrupto, además de restar votos al aspirante, es merecedor de mandar al personaje al baúl de los recuerdos y sacarlo sólo para actos conmemorativos de la patria autonómica, dicho esto con todos los respetos hacia el primer presidente de la Junta de Andalucía.

Si los comicios generales dieron juego al libertinaje de la lengua, en los andaluces, hasta ahora, no. Quedan, eso sí, cuatro días de traca final, en los que aún cabe esperar de todo porque a todo nos tienen acostumbrados los políticos. Al margen de los eslóganes sobre cuestiones de actualidad, siendo los ERE fraudulentos, la reforma laboral, el copago en sanidad y los recortes sociales las más socorridas, para esta cita regional con las urnas los mitineros han escatimado en chistosas perlas, frecuentes sustitutas de la enriquecedora dialéctica cuando ni tienen ni saben qué decir. Son conscientes de que la comunidad y su millón largo de parados no están para gracias y, por tanto, cualquier estúpida salida de tono podría espantar a los aún indecisos –que son masa y quienes realmente decantarán el resultado final en estos comicios–, empujándolos a votar al adversario. De incumplimientos, de unos y otros, y de engaños, de unos y otros, está la ciudadanía hasta las narices, así que no se las toquen más…

Lo que nunca falla por parte de los socialistas es el discurso del miedo que, en Andalucía, tiene su máxima expresión en el antiguo PER y el subsidio agrario aparejado. Desde que surgiera, allá por principios de los ochenta, el sistema de protección de los trabajadores eventuales del campo de esta comunidad y de Extremadura, en todas las convocatorias electorales han amagado con la oportunista amenaza de su extinción por parte del PP si éste alcanzaba el poder. Ya está bien, ¿no?

Uno, que es de pueblo y conoce los entresijos del PER en sus distintas denominaciones, no puede dejar de preguntarse si serán necesarios otros treinta años, que son los que acumulan los socialistas en la Junta de Andalucía, para que la actual necesidad –y reitero, necesidad– del subsidio agrario, que reciben 123.600 jornaleros en esta región, se reduzca al mínimo porque efectivamente haya un entramado productivo suficiente que compense la carestía y la temporalidad intrínsecas a las labores del campo y evite, pues, esa dependencia de las prestaciones públicas.

El PP no cuestiona el PER. No se atrevería, como tampoco se atreverían los populares del norte plantear la radical desaparición de las ayudas a la minería del carbón, ni tampoco los catalanes a las subvenciones otorgadas a sus industrias textil y automovilística. Es más, el candidato andaluz del PP, Javier Arenas, reformó, pero no erradicó, la protección agraria cuando fue ministro de Trabajo en tiempos de José María Aznar. De justicia es recordarlo y reconocerlo, como también lo es admitir que el sistema tiene imperfecciones que se deben corregir a través de esa palabra hoy tan maldita llamada reforma.

Sacar otra vez a relucir el PER resulta, pues, un intento desesperadísimo del PSOE-A para extender el miedo en los últimos días de campaña, como también han sido desesperadísimas esa lluvia de millones y millones anunciada por la metereóloga ministra de Empleo, Fátima Báñez, y su llamada a la fibra sensible de las raíces, soy andaluza, para sentenciar que ni un euro de recorte habrá para Andalucía. Quizás si unos, los socialistas, y otros, los populares, salieran de despachos, plazas de toros, hipódromos, teatros y demás variopintos lugares de verborrea mitinera y se dieran una vuelta por el campo –que está asqueroso por una sequía de la que, por cierto, ni hablan ni se preocupan–, comprenderían realmente el sentido del PER más allá del mero rédito electoral. Se dejarían, entondes, de tantas estupideces y tonterías.

P. D.

La parva. Hacen bien Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo en desvincular la huelga general del resultados de las elecciones andaluzas del 25-M. Sin embargo, y a pesar de los muchos intentos de los líderes de UGT y CCOO, a nadie se le escapa que la convocatoria del paro masivo ha ejercido un gran poder de arrastre sobre la campaña y, por supuesto, también lo tendrá el día de la cita electoral. Eso sí, tal desvinculación revela una grandísima prudencia puesto que si el PP gana la contienda por mayoría absoluta, como vaticinan casi todas las encuestas, en cierta medida se estaría evaluando el respaldo de los ciudadanos a las reformas del Gobierno central, incluida la del mercado de trabajo. Démosle la vuelta al argumento. El PP estaría viendo en los comicios un plebiscito para sus reformas.

La simiente. En una Andalucía cuyo campo, el más importante de España, está más seco que una mojama, no han sido sus propios gobernantes, los del Ejecutivo de José Antonio Griñán, sino el ministro de Agricultura, el jerezano Miguel Arias Cañete, el que mayor preocupación ha demostrado por la sequía. En Bruselas anda reclamando el adelanto de las ayudas agrarias de la PAC para que los agricultores y ganaderos las ingresen cuanto antes y, además, se dispone a convocar la mesa de la sequía. No basta con constatar los hechos, como la Consejería andaluza del ramo, sino que se requiere actuar porque la cuestión es grave.

La paja. Red Eléctrica Española es una empresa privada pero, aunque cotiza en bolsa, una quinta parte de su capital es público y atiende a una planificación pública de las redes de transporte de electricidad. Estas dos excepciones deberían haber sido causas más que justificadas para haber alejado al marido de María Dolores de Cospedal del consejo de administración de la compañía. Es más, por tener la mujer que tiene, ni siquiera tendría que haberse pensado aceptar el puesto de consejero que se le ofreció o que le habían buscado. Me recuerda al episodio de los talleres de empleo en la Sevilla de Zoido. Enchufismo.

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