El coste de las mentiras

Teófila Martínez: ¿A quién pretendía usted engañar? Sus saltitos de alegría en el balcón de San Fernando, justo cuando Javier Arenas salía a anunciar las malas nuevas, porque buenas no eran, resultaron tan infantiles como verla disfrazada de La Pepa para una revista de domingo. Falsos como Judas. Porque hecho el papelón de la alegría, mi señora alcaldesa, las caras del personal, incluidos los dos ministros allí asomados, parecían participar de un velatorio. Imaginemos la escena. Siento mucho el disgusto, rezaban los asistentes mientras miraban de reojo al muerto…

Era para sentirlo. Que levante la mano aquel periodista que no tuviera de antemano esbozada e incluso escrita la crónica de la jornada electoral otorgándole la mayoría absoluta al PP andaluz y mandando a hacer las maletas a José Antonio Griñán. Yo confieso y me aplico un merecido correctivo de cura de humildad ante la contundencia del voto democrático que, una vez más, revela que las encuestas son eso, meras encuestas, no ciencia exacta, y que, en muchísimas ocasiones, mienten más que aclaran, sobre todo cuando vienen previamente cocinadas para meter miedo a unos y/o animar a otros.

En sus oraciones nocturnas, bien entrada la madrugada del domingo al lunes, Arenas habrá alzado su voz al cielo y clamado, padre mío, por qué me abandonaste no una, ni dos, ni tres, sino cuatro veces, ya no sé qué más puedo hacer. Y en verdad os digo que muy poco. De hecho, el PP-A tenía ya ganada su ascensión a San Telmo hasta que se hizo la luz, qué luz, la de la mentira.

Sí. A las cosas hay que llamarlas por su nombre, aquí no valen medias tintas. En esta ocasión, el candidato popular ha perdido Andalucía debido a unas mentiras electoralistas de su partido nacional que, al acudir a las urnas, los ciudadanos no han perdonado. Maldita sea la hora en que el socialista Griñán independizó los comicios autonómicos de los estatales y finalmente ha hecho que aflore la verdad, estarán lamentándose quienes, a pesar de su triunfo, se llevan la derrota.

Pero esto no justifica tantos aplausos y llantos de alegría en San Vicente. La victoria real es de Izquierda Unida, no del PSOE. 654.831 votantes han abandonado a este último partido respecto a la cita electoral de 2008, con la agravante de una altísima abstención, evidente síntoma del desencanto –especialmente entre unos jóvenes a quienes la política les resbala– y que suele dejar en casa a quienes prestaron su confianza al partido que en ese momento ejerce el poder. Un lógico castigo como consecuencia del desgaste de treinta años en la Junta de Andalucía, la gestión de la crisis económica, la alarmante tasa de paro, las batallas internas y, por supuesto, el escándalo de los ERE fraudulentos. En cambio, 119.883 nuevas papeletas cosecha la formación liderada por Diego Valderas, que ampara así a la mayor parte de los huidos de aquél.

Ambos sumandos de la izquierda se dejan 534.948 votos entre una y otra convocatoria –insisto, con una elevadísima abstención–. Pero este rojo es aún muy intenso. Sólo hay que analizar cuán escasa es la distancia entre populares y socialistas: 43.742 sufragios a favor de la gaviota, apenas un punto porcentual. Qué raquítica victoria sobre el puño y la rosa. Como para dar saltitos, mi querida Teófila…

Basta de números, vayamos a la reflexión. No han sido precisamente los andaluces quienes han impedido la mayoría absoluta del Partido Popular en estas regionales. No. Que Arenas apunte directamente a Mariano Rajoy desde el mismo momento en que éste se jactó –porque no se quejó ni se lamentó, se jactó– ante sus socios comunitarios de que la reforma laboral le iba a costar una huelga general. Era reconocer que cargaría sobre los trabajadores españoles el principal esfuerzo de la salida de la crisis vía recortes y sin una auténtica estrategia de crecimiento de la economía y del empleo, que fue precisamente lo que prometió durante la campaña a las generales del pasado noviembre. Que no se extrañe, por tanto, del revés labrado no sólo en Andalucía, sino también en Asturias, apenas cuatro meses después de haber ganado por goleada en España. Duro de asumir, ¿verdad?

El jueves hay huelga general. Si extrapolamos los resultados de esta cita electoral, al menos en la comunidad andaluza la convocatoria debería ser un éxito porque aquí las izquierdas, juntas, incluidos los sindicatos, han torcido el brazo a la derecha, que ya no está  ni para dar saltitos de alegría ni para disfraces.

P. D.

La parva. ¡Un comunista en la Delegación de Economía del Ayuntamiento de Sevilla! La patronal CES y la Cámara de Comercio, además de las empresas más renombradas de la ciudad, no escatimaron improperios cuando el exalcalde socialista Afredo Sánchez Monteseirín cedió a la Izquierda Unida de Antonio Rodrigo Torrijos el área económica. Imaginemos, pues, lo que podría decir la CEA si Izquierda Unida consiguiera arrancar de los socialistas departamentos económicos (Economía, Hacienda, Agricultura y Empleo) de un futuro Gobierno autonómico de coalición. Y aunque todos nieguen que no habrá una pelea por las carteras, a nadie se le escapa que alguna importante tendrán que ceder, y no hay nada más importante para los comunistas que hacer valer su modelo económico y agrario. El asunto promete.

La simiente. Y viernes, los Presupuestos Generales del Estado de 2012. Otra papeleta para el Gobierno de Mariano Rajoy y, se quiera o no, tendrá su interpretación en clave andaluza. Que si nos castiga a los andaluces por haberle hecho el feo a Arenas o que si no nos castiga y, en cambio, nos reconforta. Versiones las habrá para todos los gustos políticos. Lo que sí está claro es que el Ejecutivo central debería abandonar cualquier tentación de otorgar argumentos a las izquierdas que pudieran abonar el discurso de los agravios comparativos. Porque los ciudadanos lo que quieren son respuestas ante la crisis económica y puestos de trabajo, y no una confrontación donde la fuerza se va por la boca.

La paja. Y hablando de la CEA. A su presidente, Santiago Herrero, se le habrá cambiado también la cara al conocer que el PP-A no lograba la mayoría absoluta en las elecciones autonómicas, después del endurecido discurso patronal contra el Ejecutivo de José Antonio Griñán, poniendo a la altura del betún los treinta años de gobiernos socialistas, y su clara defensa por el cambio político en la comunidad. Herrero apostó a caballo perdedor creyendo –como todos, esto también hay que reconocerlo– que Javier Arenas sería caballo ganador. Toca suma prudencia a la espera de qué ocurrirá en la Junta de Andalucía, pero Herrero debería ir pensando en cómo recomponer unas relaciones seriamente tocadas.

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