Si Eurovegas eligiera Andalucía…

Y aquí vemos a las dos grandes comunidades, Madrid y Cataluña, peleándose por acoger Eurovegas e intentando seducir, eufemismo de mendigar –los barriobajeros dirían lamer el culo–, al magnate estadounidense de los casinos Sheldon Adelson, a quien el juego y, de paso, la ludopatía le han granjeado dinero a espuertas para invertir decenas de miles de millones de euros y crear decenas de miles de empleos en la copia de Las Vegas en Europa, en concreto en España. En un país, éste en el que vivimos, con cinco millones largos de parados, es lógico que a los gobiernos se les pongan los ojos como platos ante la oportunidad de hacerse con tamaño despliegue de viciodólares y se presten al juego de la suerte de aquel multimillonario, quien, cual tragaperras, les canta al tiempo que les destella: mientras más insert coin, más posibilidades de llevarse mi megaproyecto.

Y aquí vemos a la prensa de Madrid y Cataluña pugnando por destacar lo mejor de sus respectivas regiones y advirtiendo: tú, gobierno autonómico, cuidado, muévete, mira que el rival ha enviado ya una comisión de autoridades autonómicas a la ciudad de Las Vegas para negociar directamente con el que tiene perras, so carajote, que te quedas atrás, y tú, Ejecutivo de Mariano Rajoy, ni se te ocurra intervenir, escrupulosa imparcialidad, boca cerrada aunque aquel insert coin suponga modificar las leyes (urbanísticas, sanitarias, medioambientales) al gusto del señor. Hagamos la vista gorda pues, de lo contrario, correremos el riesgo de que se le estropee y se nos estropee el negocio.

Imagínense por un momento que no es Madrid ni Cataluña sino Andalucía. Esos del sur, los de Depeñaperros para abajo, los que cobran el PER y están todo el día en los bares, en ferias y en romerías, los palmeros de duquesas y señoritos; esos intentando atraer a tierra patria la viciosa calaña de medio mundo, a la mafia, a las prostitutas y, todos juntos, haciendo de España un país de servicios.

Imagínense, además, a la prensa y a movimientos de toda índole de una Andalucía cainita. No podría venir a Sevilla, lo impediría la altura de la Giralda y la contaminación lumínica que, desde aquí, llegaría hasta la muy lejana Doñana, con los linces cegados con las luces de neón y, por tanto, sin aparearse. No lo permitiría tampoco el Gobierno regional de izquierdas, dado que este tipo de complejos de megaocio no tendría cabida en sus manidos eslóganes de la segunda, tercera, cuarta o quinta modernización de Andalucía –he perdido la cuenta de cuán modernos somos– y de una economía sostenible que, por cierto, sin iniciativas empresariales privadas no se sostiene. No se enviaría una comisión de autoridades a negociar a Las Vegas, se diría, ésas van de turismo de lujo a costa del erario público. Y, por último, jamás de los jamases se rendiría pleitesía al magnate, salvo que éste se avenga a ejecutar su sueño lúdico bajo la fórmula del cooperativismo social que tanto gusta a los de Marinaleda. Son elucubraciones –lo cierto y verdad es que no hay infraestructuras de transporte y hoteleras suficientes– aunque no faltas de realidad.

Ni estoy en contra ni a favor de Eurovegas pero sí cuestiono tres cosas. Primera, la condescendencia hacia un proyecto para el que, si fuera necesario, se cambiaría hasta la mismísima Constitución para que ésta se amoldara a aquél y no –como debería ser– a la inversa, mientras que a quienes aspiran a instalar una industria, por pequeña que sea, se le ponen por delante mil y una trabas, como si el magnate de los casinos fuera un bendito y el empresario de aquí, un demonio. Segunda, y enlazada con la anterior idea, me pregunto el porqué de tanto celo hacia la industria en todas y cada una de las comunidades, salvo en la vasca, y el porqué persistimos en hacer de España un país de servicios, cuando la diversificación de los destinos turísticos internacionales menguará la afluencia de turistas, de ahí que, a largo plazo, sólo podremos competir en calidad y no en precios. Y tercera, qué lástima que los esfuerzos realizados por los gobiernos para cautivar a los ricos no se desplegaran también para hacerle la vida un poco más fácil a los pobres, entendidos como emprendedores y pequeños empresarios –no me puedo abstraer aquí de la amnistía o perdón fiscal aprobada el pasado viernes por el Consejo de Ministros y de la que se beneficiará principalmente el dinero negro de las fortunas–. Si así fuera, quizás no necesitaríamos tantísima reverencia.

Y concluyo. Malsana envidia no hay por parte de los andaluces, así que vayan por adelantadas las felicitaciones desde Despeñaperros para abajo hacia cualquiera de esas dos comunidades que, de Despeñaperros para arriba, aspiran al Eurovegas.

P. D.

La parva. En la Confederación de Empresarios de Sevilla se busca a un empresario de verdad –ni abogado ni técnico ni funcionario– que sustituya al dimitido presidente, Antonio Galadí. Y el problema es encontrar a ese empresario de verdad que no tenga problemas en sus propias empresas y sí suficiente tiempo para compaginar la resolución de éstos y las exigencias del cargo en la CES. Movimientos los hay para posicionarse, y suenan desde la rama del metal, de la construcción, de los jóvenes empresarios, de las asociaciones turísticas y de la Cámara de Comercio. Sin embargo, las tensiones en la CEA, a raíz de sus pérdidas económicas en 2011 y el vaivén político de su cúpula, ponen más difíciles las aspiraciones de Francisco Herrero, presidente de la institución cameral y hermano de Santiago, su homólogo en la patronal andaluza. Eso de los Herreros controlándolo todo…

La simiente. Vistas desde el punto de vista político es muy rentable llamar “embajadas” a las oficinas comerciales que las distintas comunidades autónomas tienen en el extranjero. Lo cierto y verdad es que no pocas cuestan al erario público una pasta gansa y, por tanto, no estaría mal cerrarlas si no hay retornos económicos suficientes. Sin embargo, precisamente ahora que las empresas necesitan más que nunca el mercado exterior para dar salida a sus productos ante el depauperado mercado español, los gobiernos deberían resistir la tentación de reducir las partidas presupuestarias a los organismos regionales de promoción que sí funcionan y están ayudando, y mucho, a la internacionalización de la economía. No estamos hablando de la “marca España” o de la “marca Andalucía”, sino de empresas concretas y, sobre todo, de vender. No estamos hablando, pues, de política, sino de economía.

La paja. ¡Chssssss! Entre los empresarios y los periodistas de Economía de Sevilla se ha acuñado un apodo para quienes, dueños y directivos de empresas, acuden a todos los saraos habidos y por haber a pesar de los problemas que arrastran sus compañías, intentando dar una falsa imagen de normalidad. Es el llamado “clan de los tiesos”. Están por todas partes ejerciendo aún una gran influencia sobre las patronales andaluzas y sobre la sociedad andaluza en general, tanto política como empresarial. Quizás deberían retirarse a reflexionar un poco sobre sus problemas y sacar adelante sus empresas antes que persistir en la continua búsqueda de la ascendencia social. No se trata de esconderse y de ocultar penas, sino de dar ejemplo y dedicarle todo el esfuerzo posible a mirar la viga en el ojo propio y no ver sólo la paja en el ajeno. Recordemos qué le pasó a Gerardo Díaz Ferrán…

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