Gobierna la soberbia

La soberbia es tremendamente mala, dañina. Yo y ninguno más. Mi razón y ninguna otra. Cierra tus oídos y tus ojos, te hace insensible, impermeable a quienes te imploran óyenos, míranos, quizás te estás equivocando. Entrar en el quinto año de crisis económica con una subida del desempleo tan tremenda como la contabilizada al cierre del primer trimestre es gravísimo y, además, las previsiones elaboradas para el conjunto del ejercicio son horribles. Los 365.900 nuevos parados que ha sumado España entre enero y marzo, señor Rajoy, son suyos, solo suyos, tan solo suyos, y los que se agreguen de aquí a diciembre serán suyos, solo suyos y tan solo suyos. Que conste: hablo de los nuevos, no de los cinco millones largos que, señor Rajoy, ésos sí, son responsabilidad y herencia de Zapatero.

No se le puede pedir que, en apenas cuatro meses de acción de gobierno, nuestro protagonista enmiende económicamente el país. Sería, por supuesto, injusto y demagógico. Dicho esto, la cruel EPA que acabamos de conocer es tan amarga y asusta tanto que debería servirle al menos para pararse y reflexionar si ha comenzado la casa por el tejado, no por los cimientos. Porque, recordemos, estamos sufriendo apenas el comienzo de los recortes impuestos por una austeridad fiscal elevada a los altares y procesionada bajo palio, parafernalias católicas aquí bien traídas, quede como testimonio ese espíritu de sacrificio al que nos ha llamado la iglesia –palabra ésta escrita intencionadamente en minúscula– de monseñor Rouco Varela, hijos míos, así os ganaréis el cielo, que yo el mío ya lo tengo ganado, vean mis arcas intactas, loada sea la asignación del Estado, loados sean los impuestos que no pago.

Me he ido por las ramas y vuelvo al tronco. Cuando, a lo largo de éste y el próximo año, la afilada tijera presupuestaria que Angela Merkel ha prestado a Mariano Rajoy –como si España fuera idéntica a Alemania e idénticas ambas economías– ejecute sus trasquilones con toda la intensidad esperada y sin que, a su paso, se hilvanen estímulos al crecimiento económico, todos nos iremos al paro aunque, eso sí, con el gran consuelo de haber sido ungidos por las sotanas.

Porque, hasta ahora, la política laboral del Ejecutivo del Partido Popular se resume en: como las empresas están mal, porque lo están, facilitémosles el despido antes de propiciar un adecuado entorno económico que, a su vez, favorezca el desarrollo empresarial, al tiempo que, aprovechémonos de la crisis, echemos a los empleados que, a nuestro certero y santo juicio, sobran en las administraciones públicas y, como remate final, no invirtamos, sino que recortamos incluso de obras y proyectos puestos en marcha –y después hablan de la inseguridad jurídica en Argentina– ni renovamos contratos de servicios ni nada de nada de nada. ¿Resultado? Ahí quedan los 365.900 nombres y apellidos, personas, no números, que han pasado a engrosar las negras listas del paro durante enero, febrero y marzo pasados. No estamos mejor que antes. Al contrario, estamos peor, y aún peor estaremos…

Pero la soberbia, ésa que les lleva incluso a decir no estamos solos, sino que somos fuertes, es nuestra fuerza de mayoría absoluta, no atiende a razones. Sencillísimo ejemplo: si las administraciones, sea la que sea, debe dinero a una empresa y ésta, por falta de liquidez, queda abocada a despedir a su plantilla, me pregunto, con la venia de los expertos del Gobierno y, de paso, también la de los curas, si no sería mejor solucionar los impagos antes que retorcer la legislación laboral para que salga mucho más barato echar a la plantilla a las frías calles. Entenderlo al revés me cuesta, créanme, será que me falta esa bendición del dios económico portado por los cardenales reverendísimos e ilustrísimos.

Imagínense una empresa, supongamos que envasadora de arroces, que, agobiada por las deudas, concentra todos sus esfuerzos única y exclusivamente en reducir gastos. Comienza por los laborales (personal), continúa por los administrativos y, por fin, termina con los de publicidad y marketing. Cegada por completo, sin ideas, deja de lado su estrategia de comercialización y, en la desesperación, cual pez boqueando, termina por arañar en lo más sagrado, la fabricación, y arrastrando la calidad. ¿Qué tenemos entonces? Una compañía moribunda tratando de vender arroz partido, el que se les echa a los animales.

Y no se dan cuenta. Y serán los últimos en darse cuenta. Tendrá que venir otra vez Merkel a decirle a Rajoy qué tiene que hacer. Tendrán que venir de fuera a decirle aquello que aquí dentro, en España, no escucha. Yo sólo sé que 365.900 españoles reducirán su consumo, que sin consumo no hay actividad, y que sin actividad no hay economía.

P. D.

La parva. La cuestión de los impuestos es muy compleja, una de las ramas más difíciles de la Economía. Por eso, quienes de estas cosas entienden, hablan como lo hacen los médicos, utilizando un lenguaje técnico que deja con la boca abierta de par en par a los pacientes y, en nuestro caso, a los contribuyentes, usted y yo. Pero una cosa es que sea complejo y otra bien distinta es que nos tomen por tontos. Y algunos, parece, así quieren tomarnos. El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, el ya no tan sonriente Cristóbal Montoro, ha asegurado que no habrá una subida de impuestos en 2013, sino un cambio en “la ponderación” que será “equitativa y temporal”. Claro, señor Montoro. Como el reciente cambio en la composición del impuesto sobre el tabaco, que dijo usted que no tendría impacto alguno, y andan las tabaqueras subiendo los precios de las cajetillas. ¿Así será también en 2013, cuando toque aumentar el IVA y los impuestos especiales?

La simiente. Andaba el presidente de Cajasol, Antonio Pulido, muy preocupado por la imagen que la caja de ahorros daría debido a la recepción oficial ofrecida por la entidad financiera en la caseta de la Feria de Abril de Sevilla. Temía que alguien hablara de derroche en tiempos de crisis económica y de ajustes laborales en Banca Cívica, el grupo de cajas en el que la sevillana se incluye. Por eso, a los periodistas que se le acercaban, les dejaba muy claro que los gastos no corrían a cargo de la caja, sino del casetero, esto es, de quien se hace cargo de la barra de la caseta y, como trueque, ofrece la recepción. Por cierto, por allí pasaron –hasta ahora invitados– los futuros nuevos dueños, los directivos de Caixabank, banco de La Caixa. A ver si el próximo año viene el mismísimo presidente, Isidro Fainé, y contribuye así a quitarles la falsa imagen de pandereta que tienen los andaluces por sus tierras, las catalanas…

La paja. Siempre salta una coja. Dice la todopoderosa vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, que, si fuera socialista, le daría “vergüenza” salir de casa habiendo dejado el país como el PSOE lo ha dejado. No le digo yo a usted que no, la verdad. Pero también a usted, como popular que es, le debería dar vergüenza supina cómo han dejado los del PP a comunidades autónomas como la valenciana o la balear, especialmente la primera, que es todo un monumento al despilfarro y a una pésima gestión tanto autonómica como financiera –ahí están sus entidades intervenidas por el Banco de España y que estaban controladas directa o indirectamente por miembros del PP–. Ya lo dijo recientemente un gran empresario valenciano y, de hecho, presidente de la mayor compañía valenciana, Mercadona. Juan Roig: “Si en España nos hemos pasado veinte pueblos, en la comunidad valenciana, veinticinco”. Eso sí, siempre les quedará Andalucía para darle palos.

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