Olé, olé, Hollande, olé, Hollande ya se ve

Estamos necesitados de líderes que nos den cariños y arrumacos y, sobre todo, que nos digan cosas bonitas y zalameras que nos gustan susurradas aquí, cerquita de la oreja, uy, qué placenteras cosquillitas. El mundo se volcó con Barack Obama al acceder a la Presidencia de EEUU. Era la esperanza negra que, pensábamos, nos traería la anhelada paz y expulsaría de la economía a los tiburones financieros que tanto daño hicieron a la economía internacional. Pero hoy, salvo revolución de ultimísimo minuto, ni una cosa ni la otra. En Europa, nos aferramos ahora a François Hollande, próximo presidente de la República de Francia, y oímos cantar la muy emotiva Marsellesa como si fuera ya el himno de los Veintisiete contra la dominación de la alemana Angela Merkel y su tiránica austeridad. Pero, señores, las cosas no son tan simples. Los hombres son ellos y sus circunstancias, y a veces las circunstancias pesan muchísimo más que los hombres.

A lo largo de esta ya larga crisis económica hemos asistido a la caída de no pocos héroes, tanto políticos como empresarios, a quienes se admiraba puestos en un pedestal. Sin ir más lejos, quienes hoy escriben las glorias de Hollande y el nuevo rumbo que, aseguran, imprimirá a la Eurozona son los mismos que apenas unos años atrás cantaban las alabanzas del presidente saliente, Nicolas Sarkozy, por hacer de contrapeso a Alemania y, asimismo, haber recuperado la buena sintonía en las relaciones franco-germanas para impulsar el euro. Y ni que decir tiene que era envidiado por haberse casado con una modelo, cantante y actriz, quien acaparaba tantas o más páginas de los periódicos que el marido, ése que, en su día, sentenció que había que refundar el capitalismo, y aquí lo vemos, igual de salvaje o más.

La crisis, de hecho, no respeta ni a políticos, sean de izquierdas o de derechas, ni a tecnócratas. Dos países, España e Italia. El primero se sacudió al socialista Zapatero y eligió por mayoría absoluta al conservador Mariano Rajoy, que dijo, esto lo arreglo yo en menos que canta un gallo. Sí, ya lo estamos comprobando, y sufriendo. El segundo optó por la tecnocracia, con Mario Monti al frente, quien comienza a ser cuestionado tanto dentro como fuera de casa, pese a su indiscutido bagaje económico. El colmo de los colmos, Grecia, donde los resultados de los comicios del pasado domingo revelan que se ha trasladado a la ciudadanía la desorientación misma de la clase política.

Tres cuartos de lo mismo sucede con los banqueros, que la crisis se los cepilla. Aquí tenemos, por ejemplo, a Rodrigo Rato, ministro de Economía en tiempos del boom español –él tuvo suerte, la familia no tanto, quebró una de sus empresas– y, posteriormente, director gerente del Fondo Monetario Internacional. Su llegada a la presidencia de Caja Madrid y, más tarde, a la del grupo de cajas de ahorros por ésta liderada –por cierto, venidas a menos tras la gestión de políticos madrileños y valencianos del Partido Popular, incluidas personas cercanas a Mariano Rajoy y Esperanza Aguirre–, se intepretó como un rayo de esperanza para superar la sangrienta lucha interna –todos contra Miguel Blesa– y para enderezar las cuentas de la entidad, ya por entonces maltrechas pese a la insistencia del Gobierno socialista y del Banco de España en vociferar la salud de nuestras finanzas. Pues precisamente ahora anda el Ejecutivo a la desesperada buscando cómo tapar el gigantesco agujero dejado por el ladrillo en Bankia, y aquí hago un paréntesis antes de afrontar el último tramo de La Siega.

Me preguntan por qué hay que destinar recursos públicos a bancos y cajas caídos en desgracia y por qué, como cualquier otra empresa en ruina, no se cierran y punto. La razón, sencilla: cuesta más asumir la cartera de clientes de una entidad –el dinero depositado y el dinero prestado– que ayudarla a salir del atolladero. Sólo tres datos: 211.378 millones en depósitos, 186.108 en créditos y 37.517 en arriesgados negocios inmobiliarios. Son muchísimos millones de euros como para que el Estado asuma el control no sólo de esta entidad, sino de todo el rosario de las que, por excesos pasados, han tenido que ser nacionalizas o forzadas a entregarse a otras más grandes. Esta consideración que hago, sin embargo, no exime de someter a escarnio público a sus gestores, ni tampoco evita la pregunta de por qué sí hay dinero (ayudas que han de ser devueltas) para salvar a los bancos y no para acometer estregias de crecimiento económico que permitan acelerar la generación de empleo y reducir, pues, la lacra del paro.

Sí. Hollande puede contribuir a reorientar la austeridad sacrosanta para Merkel y dispensar más inversión pública –cuidado, estamos hablando de inversión, no de levantar aceras para construirlas más bonitas–. Sin embargo, no esperemos un inmediato plan Marshall al ritmo del villancico ya vienen los Reyes Magos, cargaditos de juguetes, para el niño Entretener, olé, olé, Hollande, olé, Hollande ya se ve. Al contrario. Me temo que, como todos, terminará ejecutando la política de lo posible, no de lo deseable. Ya veremos qué hace si alguna de agencia de calificación quita a Francia la doble A, que la triple la perdió. Será entonces cuando apreciemos la catadura del líder galo, como ya la hemos apreciado en Obama.

P. D.

La parva. La crisis abierta en la compañía sevillana Alestis es una oportunidad para, de una vez por todas, arbitrar un gran grupo español acorde con las exigencias del fabricante Airbus y con capacidad financiera suficiente como para abordar los encargos sin estar permanentemente con el agua al cuello. De hecho, tal petición es una constante de la multinacional europea, que incluso sugiere nombres para los matrimonios. Que Alestis haya presentado primero preconcurso de acreedores (protección temporal del juez para que no la embarguen) y semanas después el concurso de acreedores (suspensión de pagos) cabría interpretarlo como un intento de limpiar de cargas a la empresa sevillana y así hacerla más atractiva para una eventual fusión. Y los nombres siguen ahí, son los de siempre, con Aernnova y Aciturri a la cabeza. A ver si en esta ocasión es verdad. Los intentos de la Junta de Andalucía, accionista de Alestis, hasta ahora han fracasado.

La simiente. La sevillana Inmobiliaria del Sur (Insur) ha presumido siempre de un reducido endeudamiento financiero a largo plazo, sustentando la actividad en el corto (pólizas) y medio plazo para emprender inversiones. Sin embargo, los tiempos aprietan y, aunque el grupo asegura tener liquidez más que suficiente, ha negociado traspasar a muy largo plazo la mitad de sus deudas –objetivo: 103 millones de euros–. ¿Y eso es bueno o malo? Por un lado, reduce su aportación anual a la banca y eso es dinero adicional a disposición de nuevos proyectos. Por el otro, sólo hipoteca la mitad de sus activos, dejando la otra mitad sin cargas, de ahí que tendrá soporte patrimonial para eventualidades. Y si los bancos han dicho sí, por algo será. Lo que no se le puede negar a los gestores, la familia Pumar, es la suma prudencia.

La paja. El aeropuerto de Castellón, sin aviones, y el de Ciudad Real, en quiebra. Confío en que el proyecto para el aeródromo de Huelva, impulsado por la Diputación Provincial y la Cámara de Comercio y que, en principio, se levantaría en el término municipal de Cartaya, esté muchísimos años metido en un cajón y sin visos de salir. Si de algo nos ha servido esta crisis económica es para cuestionar este tipo de obras faraónicas, cuyas inmediatas beneficiarias son las constructoras, empresas que no están precisamente parcas en grupos de presión. Teniendo a una hora y pico el aeropuerto de Sevilla, me cuesta trabajo creer en la rentabilidad del onubense, por muchas previsiones que, elaboradas en épocas de bonanza, aseguren que se va a duplicar, triplicar o cuadruplicar el tráfico. Anda ya…

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