Escupiendo al campo

Miguel Rus ha entrado con mal pie en la jefatura de la patronal sevillana CES. Sus declaraciones desprestigiando a los arroceros de la provincia –lean la entrevista realizada por Ana Sánchez Ameneiro en Diario de Sevilla– deberían haber sido suficientes como para que uno de sus cinco vicepresidentes, el líder agrario Ricardo Serra (Asaja), presentara su dimisión porque a muchos de los suyos, sus agricultores, los de las marismas, los de Isla Mayor, aquel flamante patrón los ha puesto a caer de un burro. ¡Eh, vosotros, los que sois apenas unos pocos, que ni aportáis ni sois económicamente relevantes e incluso diría que residuales! No me toquéis el dragado del Guadalquivir, que éste sí, ustedes no, es de interés general…

No niego la importancia del dragado parcial del cauce. De hecho, desde La Siega he cuestionado varias veces su tardanza, denunciando la supina ineptitud –otro calificativo ya no cabe– de unas administraciones que, para su vergüenza y desvergüenza, llevan décadas pasándose la patata, toma tú, que me quema. Sin embargo, no admito ese escupitajo hacia abajo de Rus para, al defender legítimamente un proyecto, denigrar a quienes, también con toda la legitimidad del mundo, protegen sus propios intereses y su, hasta ahora, única forma de ganarse la vida, a la espera del hágase el milagro de la conversión de nuestra rural Isla Mayor en la industrializada Detroit, prodigio indeseable si tenemos en cuenta que estamos en el verde entorno del Parque Nacional de Doñana.

Porque en sus argumentos, el patrón llega a extender las sospechas sobre el crecimiento exponencial que, sostiene, ha registrado el cultivo en la provincia cuando, al menos que yo sepa, todo empresario siempre quiere que su empresa crezca y si el agricultor no es empresario, no sé qué hace Ricardo Serra en la CES. Por cierto, demos gracias a Ceres, diosa del campo, de que los arroceros sean residuales porque, de lo contrario, estaríamos hablando de una burbuja arrocera del tamaño de la inmobiliaria generada, con la connivencia de los bancos, por la construcción –sector éste del que Miguel Rus procede y al que representa a través de Gaesco–, cuyo pinchazo es una de las consecuencias de que hoy estemos como estamos, mal. Así que grande o pequeño según para qué. No sé si queda bien clara la ironía…

El presidente de la CES debería saber, además, que en los arrozales germinó una de las familias empresariales más importantes de Sevilla, los Hernández Barrera, fundadores de Herba, dueños de la más grande extensión del cultivo en las marismas y principales accionistas del grupo agroalimentario Ebro Foods, que desde la localidad de San Juan de Aznalfarache, fíjense qué cerquita, gestiona la mayor arrocera del mundo. Ni que decir tiene que muchos de quienes se sientan en la asamblea general de la patronal provincial, incluso sin pagar siquiera las cuotas, deberían aprender de ellos, de esos… arroceros.

Aún hay más en este ejercicio de desagravio agrario. Los que Rus llama unos pocos –y yo replico que unos pocos y muchos más– no rechazan el dragado del cauce que permita la navegación de barcos de carga y pasajeros de mayor calado que los que actualmente pueden cruzar el Guadalquivir. Sí demandan, desde hace muchísimo tiempo, fórmulas para evitar que, en ausencia de las antiguas barreras naturales del estuario, el mar y sus aguas salinas entren con fuerza por el dulce río, convirtiéndolo también en salino e impidiendo su uso para regar. Prueben ustedes a beber agua con sal, a ver cómo les sienta. Échenla regularmente a una planta, a ver cuánto les dura.

De hecho, el proyecto para conducir agua directamente de los pantanos a los arrozales, vía conducciones y balsas, duerme el sueño de los justos desde hace dos años, a pesar de los 2,4 millones de euros gastados para que la firma sevillana de ingeniería Ayesa lo diseñara por encargo del Gobierno central. En un cajón anda metido, pues la inversión requerida es muy elevada para esta época de crisis. Pero ejecutarlo resolvería, a la vez, los problemas del dragado y del arroz. Y si, como dice Rus, los cultivadores son minoría, quizás la mayoría beneficiada debería compensar a quienes se aferran a un producto agrícola, el arroz, que, según palabras textuales de Miguel Rus, tiene un valor competitivo residual en la agricultura. Pero me temo que no. Aquí nadie suelta un euro. Nada de colaborar para, conjuntamente, avalar el proyecto ante Bruselas y así arrancar los recursos financieros necesarios y jugar a que todos ganen, y no unos, los urbanitas de chaqueta y corbata, frente a los otros, los rurales con camisa de cuadros y pantalones de pana.

No es la primera vez que las patronales ningunean al campo. Ahí quedan los rifirrafes entre la CEA y Asaja, que proceden de tiempos lejanos y hoy se traducen en dos líderes empresariales sin apenas dirigirse la palabra, Santiago Herrero y Ricardo Serra, a excepción de las lógicas de cortesía por aquello de que impere la educación. Por la importancia que tiene la agricultura en Sevilla, confío en que no se trasladen tales desencuentros a la CES, donde al escupir a los arroceros, representados en su seno, insisto, por Asaja, Miguel Rus revela que no es presidente de todos los empresarios de la provincia, sino de unos más que de otros. Y a eso se llama ser parcial, no imparcial.

P. D.

La parva. Nada más y nada menos que el señor Francisco Álvarez-Cascos en una manifestación obrera, sí, leen bien, en una manifestación obrera, en defensa de las ayudas para la minería, es decir, para los mineros. Junto a él, el comunista Cayo Lara, fíjense qué pareja de baile. La derecha, representada también por alcaldes del Partido Popular en una ruidosa movilización –de ésas en las que se tiran petardos y son muy ordinarias–, andará tirándose de los pelos, puesto que iban en contra de la decisión del Gobierno de Rajoy de recortar las subvenciones al carbón. Pero a lo que iba. Qué dirían de Andalucía en Madrid si, en lugar de una manifestación a favor de la minería, hubiera sido otra para defender el PER y el subsidio agrario aparejado a este sistema de protección social. Porque si el subsidio agrario es eso, un subsidio, no lo es menos el sostenimiento artificial del carbón nacional y, por tanto, de sus empleos.

La simiente. Démosle un voto de confianza a la Consejería de Economía al abrir a las compañías aeronáuticas perjudicadas por la suspensión de pagos de Alestis las líneas de financiación para obtener liquidez ya concebidas para empresas en crisis pero viables. No es para menos, teniendo en cuenta de que la propia Junta de Andalucía es accionista de Alestis, cuyo reciente concurso de acreedores deja deudas pendientes de unos diez millones de euros con empresas auxiliares de la comunidad. Pero una cosa es la intención y otra bien distinta la puesta en marcha, que no cabe dejar dormir en los laureles, porque el dinero se requiere urgentemente para no abocar a este sector a una cadena de suspensiones de pagos y de expedientes de regulación de empleo que se sumen a la sangría empresarial que en los últimos meses –y parece mentira ya– se ha acelerado en la economía sevillana.

La paja. Le ha costado al flamante vicepresidente y consejero de Administración Local de la Junta de Andalucía, Diego Valderas (IU), darse cuenta de que esta comunidad autónoma está intervenida “de facto”. Pues claro, hombre, lo está, ya hace tiempo, desde el mismo momento en que le dijeron, tú, encarrila tus cuentas, me da igual cómo lo hagas, pero hazlo. ¿O Andalucía iba a estar aislada con Izquierda Unida en el gobierno de coalición, cuando España está intervenida de facto desde hace dos años? No hace falta que el Estado despliegue sus funcionarios por el Palacio de San Telmo, aquí estamos, venimos a tomar posesión, fuera todos. No, estas cosas son más sutiles, te mandan como si sugirieran, y eso, aunque se niegue y no se reconozca, es restar competencias autonómicas. Porque quien tiene el dinero manda sobre quien lo necesita, y aquí punto en boca.

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