Y que parezca un accidente

De entrada, un mensaje directo para Mariano Rajoy. Me recuerda usted al capitán del naufragado Costa Concordia. Y ahí lo dejo, pues corro grave riesgo de que se me caliente la boca. Me dirijo ahora a Luis de Guindos. Señor ministro de Economía, tengo sobrados motivos para no creerle, y no le creo. Primero porque llueve sobre mojado: las continuas mentiras, ayer una más al negar la evidencia del rescate. Segundo porque, al acudir finalmente al que usted define como apoyo financiero –eufemismos al poder–, está veladamente reconociendo, y atentos a esto, que España no está en quiebra pero que sus bancos, o mejor dicho esos engendros de las cajas de ahorros, pueden conducir a este país a la ruina. Y tercero porque, y aquí viene lo gordo, el salvavidas internacional conllevará ajustes adicionales no sólo en las entidades que reciban el dinero, sino también para todos los españoles ya que se compromete la deuda del Estado y ésa, como pública, es de todos.

Déjenme que, antes de entrar en materia, lance un tercer mensaje a quienes reiteradamente preguntan, algunos incluso rayanos en la desesperación, si sacan sus ahorros de los bancos. No, tranquilidad, no hay razones para el pánico porque ahora sí tenemos, palabrita del niño Jesús, recursos financieros para taponar los agujeros –el mayor, el de Bankia, pero también los de Catalunyacaixa, Novagalicia, Banco de Valencia y el rosario que vendrá cuando se aprueben, otra vez, exigencias adicionales de provisiones–, mientras que antes realmente no existía tal parné porque, seamos sinceros, el Gobierno, aunque anunciaba a marchas forzadas miles de millones, no sabía de dónde sacarlos, salvo endeudándose aún más y a los elevados intereses con que los especuladores penalizan nuestras emisiones de deuda. Así que respiren y dejen de rasgar los colchones para meter los cuartos…

Y al meollo. Imagínese que usted, mi querido lector, pide un crédito. Necesita avalistas y supongamos que ahí está la generosidad de sus padres. Los dineros los recibe usted, ¿verdad? ¿Pero y si no puede pagarlo? La entidad recurrirá al patrimonio de quienes avalaron, y si éste no es suficiente, papá y mamá podrían terminar durmiendo en la calle tras ser embargados. Tres cuartos de lo mismo ocurre con la fórmula ideada ex profeso para la banca española. Los recursos internacionales se dirigen al banco que tenga boquetes aunque, al ser canalizados a través del FROB, el responsable último será el Estado español, a quien corresponde también, previa petición al beneficiado, pagar el préstamo y sus intereses religiosamente, vayan bien o mal las cuentas y balances del destinatario final.

Préstamo es sinónimo de deuda, y ésta es del Estado. Léase, de todos. Y si nos endeudamos para una cosa, no tendremos capacidad adicional para otras. Cualquier desvío para abonar el préstamo requerirá, por tanto, recortes en otras partidas presupuestarias, si no queremos estar abocados a la espiral griega de solicitar auxilio tras auxilio para poder apoquinar los intereses de los intereses. ¿Y dice aún Luis de Guindos que no pasa nada, que los ciudadanos no se sacrificarán por sus bancos? Yo creo que sí.

Pero hay más. El señor ministro se atreve incluso a sentenciar que quienes nos prestan, como si nos regalaran, no exigirán contraprestación alguna, tan sólo a los bancos que finalmente sean auxiliados. Pues a ver qué le parecen a usted los siguientes argumentos. Primero: España, a partir de ahora, pierde soberanía al administrar su sistema financiero y, bajo la atenta mirada internacional, debe entrar a saco en el capital de las entidades cuasi quebradas –es la normativa del FROB: yo te doy dinero, pero la propiedad, en parte o toda, es mía y también la gestión– y exigir fusiones, cierres masivos de oficinas y, por supuesto, recortes de plantilla. Segundo: España no podrá desviarse ni un ápice de las directrices fijadas por Bruselas, y esto conlleva respetar escrupulosamente el déficit público, las reformas estructurales –incluida la laboral, llamada a endurecerse, al tiempo– y los compromisos de incrementar los ingresos del Estado–. Y España, por último, con este flotador lanzado a su banca, estará un poco más intervenida –aún más–, aunque, eso sí, sin llegar a ser Grecia. ¿Y aún dice el señor ministro que no se han impuesto condiciones?

Por eso digo que España se sacrifica por sus bancos, y lo hace porque en ello nos va la vida económica. Es duro reconocerlo, pero así es. O eso o un Estado completamente intervenido. Muchos replicarán recordando el caso de Islandia, donde hubo entidades que quebraron sin asistencia pública. Pero si nuestro país no es Grecia, tampoco es Islandia, así de rotundo, las reglas de juego son distintas, estamos en la Eurozona. Sólo nos queda confiar en que este salvavidas internacional sirva para, de una vez por todas, abrir la banca en canal y limpiarle toda su mierda. Rajoy, por cierto, está en el fútbol intentando que todo esto parezca un accidente…

P. D.

La parva. El Banco de España ha confirmado que las entidades financieras han subido los intereses que cobran por los nuevos préstamos, algo que, por otra parte, se puede comprobar fácilmente acudiendo a cualquier sucursal bancaria. Se habla, lógicamente, de medias, no especifica nombre y apellidos. Sin embargo, no deja de indignar que, a pesar de la crisis económica, el incremento del desempleo, los estragos que están causando y, por supuesto, el auxilio público, se atrevan, encima, no ya a endurecer las condiciones para acceder al crédito, sino que éste sea más caro. Por eso, el sacrificio que afronta España para salvar a sus bancos debería tener sus contrapartidas con una banca nacional –y digo correctamente nacional por el rosario de entidades intervenidas y nacionalizadas– que sea más sensible a las necesidades sociales y empresariales. ¿Y si al final las cosas siguen igual?

La simiente (vana). Hoy la simiente viene vana, vacía, sin sustancia ni vida. Destinada va a María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP y presidenta de la comunidad castellano-manchega, que ayer por la mañana, a sólo unas horas para que se anunciara el rescate de la banca española, aseguraba sin pudor alguno que no había incertidumbre sobre la economía española, pero ninguna, ninguna, que quede claro. Un día antes, la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, afirmaba que España no había pedido nada, que no había tomado decisión alguna, y que iba a esperar a los informes de las auditoras independientes sobre el estado de la banca española. Son ganas de confundir, de seguir negando la evidencia. Porque si, en su inocencia, la señora De Cospedal se fue a dormir la siesta, su despertar habría sido sumamente traumático viéndose en un país totalmente diferente…

La paja. La paja no podría ser hoy para otra persona que no fuera Luis de Guindos. No tanto por las decisiones adoptadas, porque quizás no quedaban otras, ni tan siquiera por negar lo innegable, que por esto hasta incluso lo comprendería al pertenecer como pertenece a un gobierno donde los noes son síes y donde dije digo digo Diego. Sí por su comportamiento en la rueda de prensa de ayer, pues sus respuestas a preguntas comprometidas rayó el desprecio hacia la prensa. Es evidente y comprensible la fuerte tensión a la que está sometido el ministro de Economía y se le agradece que no tenga las salidas de tono del titular de Hacienda, Cristóbal Montoro, quien –por cierto, sin gracia alguna– descartaba hace unos días que fueran a venir los hombres de negro. En cambio, no es tolerable el negarse a responder o que te lance, sin venir a cuento, un a ti no te toca, aunque te toque.

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