Yo acuso

Yo acuso a los líderes políticos internacionales que, en las idílicas playas mexicanas de Los Cabos, durante estos días se reunirán, posarán, hablarán y, por fin, regresarán con la tez morena, por supuesto, a sus respectivos países sin acordar la más mínima regulación de los mercados. Ni tan siquiera un recargo general (la llamada tasa Tobin) para las operaciones financieras que, ejecutadas por máquinas de sofisticadísimos programas matemáticos, ya vendo cuando ni he comprado, generan un inmenso daño. En su criminal búsqueda del máximo provecho posible –porque es criminal y criminales son quienes las diseñaron–, pueden mandar a la quiebra a los Estados débiles tras exprimirlos hasta la agonía. Se comportan, y me refiero aquí a las personas, a los traficantes de las finanzas, como los machos de las manadas, cuyos instintos naturales les ordenan la muerte para aquéllos que muestren síntomas de fragilidad.

Cada vez que escribo sobre el excesivo poder de los financieros, sobre su dictadura, siempre hay quien me replica que soy demagógico, que pongo las letras que precisamente quieren leer los ciudadanos, siempre dispuestos a cazar una pieza fácil donde descargar su rabia. No. Cada vez estoy más convencido de que ni la historia económica nos sirve para explicar qué está ocurriendo. No presto atención alguna a los sesudos catedráticos y analistas que se remontan a tal o cual época para tratar de explicar las raíces de nuestros problemas. Puestos a rastrear, yo les recomendaría, señores, que se fueran a la prehistoria, cuando los hombres se daban manporros entre ellos para comer. Quizás así encuentren ustedes, expertos míos, los argumentos que esclarezcan por qué aún hoy, en media humanidad, se eternizan tales mamporros.

Ni demagogia ni leches. Gran parte de los males económicos actuales estriba en esa absoluta libertad que tienen los tiburones financieros para nadar a sus anchas por el mundo. Me acuerdo de nuestro querido jamón ibérico, tantas y tan largas penas para desembarcar en Estados Unidos, y miren, en cambio, qué facilidad tiene don dinero para entrar y salir y sin que nadie pregunte. Porque, en ausencia de la vieja burbuja inmobiliaria de la que chupar, la deuda de los Estados está siendo un auténtico filón. Si no es Grecia, será Irlanda, si no es Irlanda, será Portugal, si no es Portugal, será España, si no es España, será Italia, si no es Italia, será Bélgica, y si no es Bélgica, suma y sigue. Y la cadena seguirá hasta que descubran otro juguete más jugoso o vuelvan a los antiguos, llámese ladrillo, llámese petróleo, llámese comida, o se les ponga coto, y la probabilidad de esta última alternativa, visto lo visto, es cero.

Yo acuso a la jauría de lobos que mueven internacionalmente los fondos de inversión de altísimo riesgo y los patrimonios de las grandes fortunas, y tanto éstas como aquéllos tienen nombres y apellidos. Son ruínes y nos están llevando a la ruina. Se dedican a sacar tajada de una mezquina apuesta, la de qué país cae primero, retorciendo hasta extremos insospechados las fórmulas con las que especular y aprovechándose de la dificultad que, para el común de los mortales, entrañan las finanzas y el flujo de los capitales. Si la libertad internacional de éstos, la globalización del dinero, se pensó para allanar la financiación de Estados y de empresas –esto es, que ni unos ni otros estuvieran constreñidos a la hacienda nacional, de forma que, por ejemplo, China pudiera comprar deuda pública y privada de España y, cosa rarísima, a la inversa–, finalmente derivó en libertinaje y se convirtió, pues, en una trampa para los países que, como el nuestro, tenían entonces y siguen teniendo aún una altísima dependencia del caudal exterior.

La condescendencia hacia los mercados, cuando no el chantaje de éstos, ha sido tal que las autoridades comunitarias han tratado de influir como nunca en la soberanía del pueblo, en este caso el de Grecia, para, con el discurso del miedo económico, determinar la orientación del voto popular. Y tal manifiesta y pública claudicación de los líderes europeos, señores, ha sido sencillamente aberrante. Tras los comicios helenos, estamos constatando cómo esos mercados nos pagan. A los españoles nos quieren caídos y caídos nos verán.

Yo me acuso, a mí mismo, como ciudadano, de carecer de valentía suficiente para decir basta, porque sí, ya basta. Sólo tengo este espacio, La Siega, y estas mis palabras para rogar a quienes hoy se bañan y broncean en Los Cabos que metan en cintura legal a los especuladores financieros. Si no es así, larga vida para nuestra angustia.

[Yo acuso, Émile Zola, 13 de enero de 1898, portada de L’Aurore. Venido al caso económico actual del que aquí se trata, ojalá ese histórico artículo se repitiera].

P. D.

La parva. Como si la cosa no estuviera calentita en España, lo único que nos faltaba ya era que el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero saliera de su ostracismo para hablar de la crisis económica y sentenciar que si en los años de bonanza hubiéramos ahorrado más y no nos hubiéramos endeudado tanto, las penas actuales del país serían menos penas. Curioso que lo diga nada más y nada menos que quien ejerció la Presidencia del Gobierno de España durante ocho años y duplicó el volumen de deuda pública en el último cuatrienio de su mandato. Señor Zapatero, le sugiero que se quede en casita, viviendo de las rentas y los privilegios a los que tiene derecho, al menos hasta que amaine el temporal y deje de herir las sensibilidades de los españoles. Después ya podrá engordar los ingresos con conferencias y entrevistas… En estos momentos, tanto me chirría usted como lo hacía José María Aznar.

La simiente. Una, dos, tres, sonrisa Profident, foto hecha. Posaron muy alegres los máximos responsables de la Confederación de Empresarios de Sevilla, la patronal agraria Asaja y la Federación de Arroceros de Sevilla después de consensuar una defensa común para el dragado parcial del Guadalquivir y para el cultivo del arroz tras los últimos encontronazos que evidenciaban que yo defiendo lo mío y tú, lo tuyo, a ver quién puede más. Hágase la paz, salgamos todos beneficiados. Como comentaba una fuente de Asaja, lo más inteligente es reconducir la situación mientras se pueda, y así ha sido. No recordaremos recientes palabras que despertaron susceptibilidades –o cabreo morrocotudo– y demos la bienvenida a un entente cordiale que será bueno para el Puerto, la industria y el turismo de la provincia y también bueno para el campo. Derivará así la sonrisa Profident en más otra sincera.

La paja. Atentos a las gasolinas, que están llamadas a repuntar con fuerza –se habla de hasta cuatro céntimos por litro de carburante– si el Ministerio de Industria persiste en su intención de colgar sobre las espaldas de los ciudadanos el milmillonario déficit de tarifa –los menores ingresos de las eléctricas al ser mayores los costes de producción de la energía que el precio regulado de la luz para los consumidores domésticos–.  Es decir, no habrá un bestial encarecimiento del recibo eléctrico, sino que los tejemanejes contables del déficit de tarifa, de los que han participado tanto gobiernos socialistas como populares, se cargarán en las estaciones de servicio. Eso sí, siempre quedarán los titulares del tipo Industria aumenta poco la luz o la congela, mientras que el sablazo lo está pegando por atrás. La reforma energética, la definitiva según el ministro José Manuel Soria, llegará en julio.

Standard

One thought on “Yo acuso

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *