En un acantilado y el fuego detrás

Quizás vaya a contracorriente, pero creo que no hay posibilidad de un rescate total a España porque, sencillamente, nuestra economía es tan grande y su deuda tan abultada –déjense de ratios por habitante o de ratios por PIB, fíjense en su volumen, es gigantesco– que no hay Eurozona, por rica que sea, capaz de soportar el auxilio pleno de quien está a puntito de ahogarse. Es más. A estas alturas de la película, Europa está dispuesta a soltarse el lastre español, como también el griego y, si me apuran, el italiano, y hundirnos tendría consecuencias impredecibles. Me pongo en primera persona. Escalofríos me dan sólo de pensar que los pocos ahorros labrados en mis dieciséis años de trabajo no valdrían un pimiento si salimos del euro. Sí, en efecto, eso pasaría: los ahorros, los míos y los suyos, mis queridos lectores, no valdrían un pimiento, ni siquiera sacándolos del banco y metiéndolos bajo el socorrido colchón. Por eso me sulfura que mucha gente, pero también muchos agentes sociales y muchas instituciones, sigan al margen de la cruda realidad económica, de qué está pasando. ¿Cómo zarandear y despertar del largo y feliz sueño? ¿Cómo tomar conciencia de esta pesadilla?

De veras, este Gobierno de Mariano Rajoy me subleva, termina con mi santa paciencia. Sinceramente, confiaba más en su capacidad de gestión económica, pero no la tiene. Demostrado queda. Que no me hable más de la herencia recibida de los socialistas. Para malísima, e incluso vergonzosa, la de Valencia y sus variados especímenes peperos. No supieron dirigir ni su administración autonómica ni sus fallidas cajas de ahorros. Pero me solivianta, sobre todo, por la soberbia, por hacer las cosas por sus cojones y encabronar a todos tanto aquí, en España, como en la Unión Europea, revelando una ignorancia escandalosa en negociaciones diplomáticas. Éstas se cuecen y se ganan en despachos y pasillos, y no con meros titulares para la prensa confiando en que resuenen y calen en las autoridades de Berlín, Fráncfort y Bruselas, justo las que, mis queridísimos ministros, ustedes deberían currarse. Porque para rematar ese trío que conforman Rajoy, Luis de Guindos y Cristóbal Montoro, ha salido también a ladrar el titular de Exteriores, José Manuel García-Margallo, ecomendándose al mismísimo diablo con su estretagia de escupir a quien, el BCE, le puede prestar ayuda y evitar el parcheo de un rescate por tramos que es una muerte a pellizcos.

Ante la complicadísima situación que atravesamos, en lugar de buscar un gran consenso nacional, haciendo partícipe a la oposición parlamentaria, este Ejecutivo se empeña en aplicar el rodillo, yo y mis verdades, para eso tengo y me dieron la mayoría absoluta, hágase única y exclusivamente mi voluntad. No atiende a consejos de nadie, ni siquiera al de personas que, por su dilatadísima experiencia en la labor gubernamental, perciben la política interior y exterior desde una privilegiada atalaya. No me refiero a José María Aznar, puesto que aún duelen sus conferencias internacionales centradas en despotricar contra la España que gobernaban los socialistas, síntoma evidente de un profundo rencor, sino a Felipe González. Éste tiene la tendencia política que tiene, no se puede negar, pero le da mil vueltas a quienes hoy, con soberbias maneras y decisiones, se sientan en el Consejo de Ministros. Su voz en el periódico El País llamando a un gran acuerdo nacional que transmita al mundo una imagen de unidad es sincera y debería ser escuchada en La Moncloa. Me temo que estoy pidiendo que llueva café en el campo…

Si el propio Gobierno reconoce que cualquier reforma es contestada con una “bofetada” por los mercados, es que vamos por muy mal camino. Si se resigna a que España mantenga los cinco millones largos de parados hasta 2014, es que vamos por muy mal camino. Si los intereses de la deuda pública se siguen comiendo los recortes presupuestarios, es que vamos por muy mal camino. Si las súplicas al BCE son menospreciadas, es que vamos por muy mal camino. Si Angela Merkel, más allá de sus palmaditas en la espalda, no nos responde, es que vamos por un muy mal camino que termina en acantilado. Ante esta España ardiendo, ¿luchar contra las llamas o lanzarse al mar?

P. D.

La parva. Quizás no sea el momento adecuado pues hablaría en caliente –nunca mejor dicho– y debe ser motivo para una opinión más sosegada. Nos alarmamos y llevamos las manos a la cabeza cuando vemos en la tele los espectaculares incendios de Tenerife, Valencia y, el más reciente, Gerona, aún en llamas. Sin embargo, y sin quitar responsabilidad alguna a los criminales, porque son criminales, que los provocan y a esos insensatos que tiran colillas, sí debo lanzar un pildorazo a las administraciones –incluidas las medioambientales y su excesivo celo– que han reducido las tareas de limpieza de los bosques que antes realizaban los rebaños. Sin buscarlo, más leña al fuego…

La simiente. Financieramente hablando, aunque otra cosa distinta sería en términos laborales, ver la estrella (logo) de La Caixa en las oficinas de Cajasol a mí al menos me infundirá tranquilidad. Se cumple ahora justo un año de la salida a bolsa de ese engendro llamado Banca Cívica, donde se integraban la entidad sevillana, Caja Navarra, Caja Canarias y Caja Burgos. A la larga, ni siquiera un matrimonio, sino una orgía a cuatro que terminó como todas las orgías: cada una por su lado, y adiós y muy buenas. Ni siquiera sus dos principales directivos, Antonio Pulido y Enrique Goñi, se llevaban bien, y ahí queda la imagen del toque de la campana del parqué madrileño el día del estreno bursátil, a ver quién coge antes la cuerda y toca más fuerte. En fin, enterrado el muerto, ahora nueva vida.

La paja. Les resumo. Publicidad radiofónica de Telepizza. Un cani le dice a otro que las ofertas de esta cadena de pizzerías son tan buenas que por la plaza del barrio no se puede ni andar vas pisando cartones de Telepizza. Debe ser un anuncio excelente pues hasta yo, que de cani tengo poco, me he quedado con la copla. La agencia –que ni sé cuál es ni me importa– trata de atraerse a los más jóvenes. Hasta aquí, correcto. El mensaje, sin embargo, invita a una ciudad de guarros. Tan baratas están las pizzas y tanto éxito tienen que la gente tira los cartones al suelo –suponemos que después de ingerirlas y, por ende, con sus restos de comida–. Lo que algunos llamarán creatividad publicitaria yo lo llamo mala educación. A saber qué harían con un anuncio de condones o compresas…

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