Septiembre negro, muy negro

Septiembre será negro, muy negro, el mes que realmente marcará un antes y un después en una crisis económica que se prolonga desde hace ya cinco años. Ser agorero se lleva en estos tiempos, me dicen, pero lo cierto y verdad es que nada empuja a pensar lo contrario. Es más, los albores del otoño servirán para medir dos resistencias contrapuestas: la del Gobierno y la del conjunto de la sociedad española. Hasta cuánto podrá apretar uno, hasta cuánto está dispuesto a soportar otra. He aquí la cuestión.

De entrada, septiembre arrancará con la subida del IVA, que encarecerá todo, a excepción de los productos más básicos, y reitero lo de todo porque hay quienes creen aún que será poca cosa, y no, la vida más cotidiana se nos hará más cuesta arriba. Y esto en un país donde, además de la constante sangría laboral –y digo constante dado que el descenso del paro este verano es mero espejismo–, se ha impuesto un generalizado hachazo a nuestra capacidad adquisitiva –es decir, al poder de compra–. Y ha llegado vía decreto, con los recortes a las pagas de los funcionarios, el copago farmacéutico –fulminante impacto ha tenido sobre la inflación de julio– y los incrementos de impuestos y tasas, aunque también vía empresarial, con la presión a la baja sobre los sueldos de los trabajadores.

Y aquí un inciso. Dicen los expertos expertísimos, sí, esos que no barruntaron siquiera la que se nos venía encima, que gracias a aplicar la tijera al nivel de vida de los españoles, cortando directamente y sobre todo los salarios, nuestra economía –la general, no la personal ni familiar– será “más competitiva”. Tal argumento, al que yo, que ni experto ni expertísimo soy, no puedo restar credibilidad alguna, resulta curioso, pues cuando se disponen a hablar de la agricultura, advierten de que nuestras frutas y hortalizas deben competir en los mercados internacionales en calidad y en valor añadido, dado que el vecino Marruecos siempre lo hará en precios porque paga sueldos más reducidos que España. Y lanzo la pregunta, a ver si hilvanan en la respuesta un razonamiento que me convenza. ¿Me estáis diciendo, mis queridos analistas, que para el conjunto de la economía sólo seremos competitivos si nos parecemos a Marruecos y aparcamos las eternas aspiraciones a mejorar y acercarnos, aunque sea años luz, a Alemania?

Sigamos con el mes negro, septiembre. Nuestros ministros ya nos están preparando el cuerpo para el que será el segundo rescate de la economía española –el primero, recuérdese, fue el bancario–. Cuando, semanas atrás, las regiones de Valencia, Murcia y Cataluña confirmaban que necesitaban acudir al auxilio financiero del Estado ante sus urgencias de liquidez –léase, en sus arcas autonómicas no hay solo euro–, me preguntaba qué sería entonces del Estado. Contestación sencilla: si tú me pides y yo no tengo pero debo darte so pena de paredón para ambos, yo habré de poner la mano a Europa.

Y señores, será entonces cuando llegue el remate final de la tijera presupuestaria –muy atentos a las pensiones, por mucho que diga Rajoy que, a día de hoy, no– y también la capacidad de aguante de la sociedad. Y de ésta queda poca, y menos quedará porque, a la vuelta de vacaciones, retornarán el crecimiento del paro, los expedientes de regulación de empleo masivos –dolorosos en algunos casos, y aquí dejo caer que en agosto se están cociendo ajustes laborales dentro de los propios sindicatos, a ver cómo los resuelven sin aplicar la última reforma laboral, tan criticadas por ellos mismos– y las noticias de consejos de ministros dedicados exclusivamente a recortar y a arbitrar aún más auxilios para la banca. Sí, el próximo será el viernes con la creación del denominado banco malo para el ladrillo –viviendas y promociones embargadas y créditos a promotores de dudosa recuperación–, que financieramente será quizás bueno, pero su ingeniería contable es puro artificio y el más claro ejemplo de que, en este caso, quien hizo la trampa hizo la ley.

El consenso, señor Rajoy, es ahora más necesario que nunca, así que no le haga ascos a quienes, desde la oposición parlamentaria, le tienden la mano. Primero, para encajar el próximo golpe social. Y segundo, porque la santa paciencia también tiene su endemoniado límite.

P. D.

La parva. Hoy arrancan en el Parlamento andaluz los trabajos de la comisión de investigación sobre el caso de los ERE que se han comido ingentes cantidades de dinero de las arcas autonómicas, y en no pocos casos de manera fraudulenta. Les confieso que tengo poquitas esperanzas en que esta comisión esclarezca algo. Terminará convertida en una mera pugna entre populares y socialistas –éstos últimos agarraditos de la mano con IU–. Eso sí, estaremos pendientes de ellos para calibrar el grado de madurez de nuestra clase política, pero mucho me temo que nos hartaremos de niñerías…

La simiente. Sí, al césar lo que es del césar… El Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) protagonizó la semana pasada dos ocupaciones pacíficas. La primera, de una sucursal bancaria, en concreto de Unicaja. La segunda, de un centro comercial de El Corte Inglés. Pacíficas, como deben ser para generar el debate acerca de las consecuencias sociales que está provocando esta crisis económica, tal y como quieren abrir sus máximos líderes, con Sánchez Gordillo a la cabeza. Lejos de los episodios de asaltos a supermercados que gran repercusión mediática les ha granjeado, pero que al final se les ha vuelto en contra. Si en ese momento duras críticas les lancé, justo es que, en este caso, les brinde apoyo. Porque el debate sí es necesario y enriquecedor.

La paja. Le pregunto a uno de los más reputados empresarios inmobiliarios de Sevilla –su compañía es de las poquitas del sector que sigue generando beneficios pese a la caída de la actividad del ladrillo– si el banco malo que el próximo viernes será aprobado por el Consejo de Ministros servirá para abaratar todavía más la vivienda. Y me dice categóricamente que no. A falta de conocer detalles de cómo se configurará esa entidad común que absorberá los activos tóxicos de las entidades, me explica que si a la cartera de pisos y suelos embargados por bancos y cajas se le da paulatina salida a lo largo de los próximos diez años, no hay razón alguna para que sus precios caigan. “Al contrario, servirá para amortiguarlos”, comenta. Pues vaya…

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