¡Ahí te quedas, pavo real!

Cuente, cuente usted mismo, empresario, las excelencias de mi Sevilla, yo las canto permanentemente, pedazo de ciudad que tenemos. ¿Por qué la multinacional Renault decidió permanecer aquí y ampliar su actividad en la planta de San Jerónimo? Y a ese Alfredo Sánchez Monteseirín, que ya por adelantado creíase regalados los oídos, se le subieron de golpe los colores al escuchar por parte del entonces presidente español de la compañía automovilística, Juan Antonio Fernández de Sevilla: “Honestamente, señor alcalde, creo que hoy esa decisión no se repetiría”. ¡Toma ya!

Sucedió hace seis años durante un almuerzo en el club Antares, y allí estaba la prensa para relatar cómo un directivo acababa de cortar de raíz tantísima complacencia oficial, qué grandes somos y qué grande la tenemos. Lógico, dirán ustedes, un político siempre magnificará su obra, no la va a empequeñecer, ahí está el arte de la política. Pues sí, lo malo no es fanfarronear, sino que la vanagloria esté vacía de contenido y en un momento inesperado, como en este caso, te peguen un corte de manga y te digan, tú, pavo real, ahí te quedas.

Sí, voy a hablar de las Reales Atarazanas, pero antes de hablar de las Reales Atarazanas habría que hablar de la compañía Decathlon, y antes de Decathlon habría que hablar de la tienda sevillana de la multinacional Ikea. El hartazgo burocrático. ¿Les suena? Santísima paciencia han de tener las empresas para crear empresa en esta santa ciudad de Sevilla. Será que nos sobran empresas y tenemos, además, pleno empleo. Será que las farolas de diseño de la plaza del Pan nos nublan la vista, quítense, rápido, ha dicho el Ayuntamiento, cámbiense por clásicas, hágase la luz hacia la nueva realidad de la mejor urbe del mundo mundial, mi Sevilla.

Decathlon, harta de esperar los cambios urbanísticos necesarios para instalarse en los aledaños del Estadio Olímpico, dijo, ahí te quedas. Ikea, harta de aguardar el papeleo para la tienda próxima al aeropuerto de San Pablo, se encamina ya hacia la desesperación, mostrando al mundo este colapso burocrático que desanima a cualquier inversor. Y, por último, La Caixa, también harta de aguantar demora tras demora en el arranque de las obras, ha dicho, me llevo mi Caixafórum a la torre Pelli, ahí te quedas con tus Atarazanas, que con el dinero que me costaba construyo ahora el de Sevilla, el de Málaga y, si me apuran, el que se ponga por medio, adiós y muy buenas, ahora las restauráis vosotros, Junta de Andalucía y Ayuntamiento, con el dinero de los contribuyentes, que parece que os sobra.

Antes de seguir, un inciso, si me lo callo, reviento. En esta carrera para buscar argumentos con los que aplaudir hasta con las orejas que las Atarazanas no acojan el Caixafórum, además de apelar de nuevo a que viene el coco, la Unesco, hay quienes cuestionan que se les dote de contenido porque, sostienen, es un monumento en sí, como la Alhambra. Ja, ja, ja. Ya veo a los millones de turistas que visitan cada año el riquísimo complejo arquitectónico granadino haciendo cola para ver qué, señores, un edificio histórico, sí, pero limitado a una secuencia de arcos de ladrillo, piedras y columnas, todo en bruto, en vasto, con nula decoración. Las comparaciones aquí son, por tanto, gratuitas, y sí, las Atarazanas necesitan llenarse de amplio contenido, y que sea siempre cultural, por supuesto.

Un matiz adicional, para que conste. Años atrás, en épocas de bonanza económica, La Caixa solía retratarse con miembros económicos de la Junta de Andalucía para destacar la inversión en Obra Social de la caja de ahorros catalana en esta comunidad, estratégica para la entidad y en momentos, además, de vaivenes en la legislación autonómica de cajas. Quizás ahora, para lavarse la cara y quitarse el plantón de las Atarazanas, sienta la tentación de suplir al consejero autonómico de turno por Juan Ignacio Zoido. Ya veremos…

Quién será el próximo en irse y en sacar los colores a los políticos? El presidente de la patronal sevillana CES, Miguel Rus, ya ha advertido no sólo sobre el “desánimo” de los emprendedores, sino también respecto a la posibilidad de que compañías fuertemente arraigadas en la capital sevillana decidan deslocalizar su actividad, esto es, hasta nunca, Lucas, si se perpetúa la paralización de infraestructuras largamente demandadas como la SE-35, la SE-40 o el dragado selectivo de varios tramos del río Guadalquivir.

Es aquí cuando regreso al principio de este artículo y recuerdo la conferencia de Juan Antonio Fernández de Sevilla y dos de sus sentencias. La primera, que una administración pública sin agilidad ni es administración pública ni es nada. Y la segunda, que la logística –léase, puerto y carreteras– será, incluso más que las cuestiones laborales el talón de Aquiles de una industria sevillana que ya mira con sumo recelo a sus competidores no sólo de la Europa del Este, sino también del Norte de África.

Sigamos, pues, paralizados. Ya llegarán diciendo, oye, pavos reales, ahí os quedáis con vuestros muertos de vuestra ciudad muerta.

P.D.

La parva. No me cabe en la cabeza que el patronato de la Fundación DeSevilla aprobara sus cuentas y balances anuales sabiendo de antemano que no contaban con la aprobación del auditor. O sus responsables no tenían ni idea de las normas de contabilidad y, por tanto, de las consecuencias derivadas del rechazo de las empresas auditoras –máxime cuando estamos hablando de dinero público, de subvenciones– o existía una evidente mala fe. Quiero, por supuesto, pensar lo primero, lo segundo sería demasiado. Me da igual cuánto haya tardado el Ayuntamiento en concretar la denuncia. Ansío conocer qué dice la Justicia.

La simiente. Enfrascados como estamos en la crisis económica y en el debate sobre qué quiere ser España de mayor, si Estado de las autonomías o Estado federal, nos estamos olvidando del tira y afloja que se libra en Bruselas a cuenta de los nuevos presupuestos comunitarios para el septenio 2014-20, que vendrán marcados, cómo no, por los recortes. Al hecho de que Andalucía dejará de recibir fondos de cohesión se une como peligro más grave el nuevo tijeretazo que se quiere imponer a las ayudas agrarias directas para financiar los fondos de desarrollo rural. Y la comunidad autónoma se juega muchísimo dinero para una agricultura que, hoy por hoy, no puede vivir sin las ayudas. Una vez que pasen las catalanas, debate a la palestra. Seguro.

La paja. Curioso que los movimientos que protagoniza la cooperativa oleícola Hojiblanca –el último, la toma de una participación en Deóleo– susciten tanto interés en la Junta de Andalucía. En cambio, en estos momentos se está orquestando una operación de amplísima trascendencia para la industria andaluza del aceite de oliva. El hecho de que el empresario sevillano Miguel Gallego quiera vender su tercio del capital de Migasa, el mayor comercializador mundial de aceites a granel y propietario de La Masía e Ybarra, no cosecha ningún tipo de reacción. Ni siquiera cuando la propia familia no llega a un acuerdo para la compra y Miguel Gallego pretende vender a fondos internacionales que ya se saben lo que quieren: la mera rentabilidad.

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