A cualquier cosa llaman productividad

Bendita sea la hora en que el Ayuntamiento de Sevilla ha arbitrado un plan de productividad para pagar a sus policías locales. Si el ejemplo cundiera para los empleados públicos de todas las administraciones y se generalizara para las plantillas de las empresas privadas, seguro que este país no llevaría cinco años al borde del precipicio, uy, casi me caigo, pero no. Saltarán los sindicatos para reprocharme, oye, que sí hay programas para incentivar a los que más trabajan. Pues claro, haberlos los hay, al menos escritos sobre papel, mas yo no hablo tanto de subir salarios como de penalizar a quienes no dan ni golpe, sea operario en una cadena de montaje, sea funcionario o sea el concejal que mira al limbo durante los plenos municipales. Si así fuera, España sería más feliz. De hecho, es lo que nos exigen desde la Unión Europea, ser más productivos, ¿verdad?

Lo malo es cuando se desvirtúa el concepto de productividad recurriendo a éste para justificar el abono de una extra con la que se saldan atrasos o compromisos salariales pendientes. Un ejemplo. Imagínese, mi querido lector, que su empresa atraviesa dificultades y aplica una rebaja de sueldos por categorías –mayor aquella cuanto más altas sean éstas–. Pero usted ha tenido mala suerte y, por un error de la dirección, el recorte en su nómina ha sido superior a lo estipulado. Le reconocen su deuda, sí, pero, ah, trámites administrativos dificultan la búsqueda de una fórmula para el desembolso y éste, por tanto, se demora. ¿Se queda callado? No. Monta en cólera, por supuesto, y su protesta inicial reduce los ingresos de la compañía. Ésta, agobiada, rubrica un compromiso y usted, lógicamente, regresa a la actividad normal. El procedimiento retrasa nuevamente la liquidación, y finalmente se busca un vericueto para la fórmula de entrega: llamémosle productividad.

Traslademos el ejemplo al caso de los policías locales de Sevilla, explicado por mi compañera Iria Comesaña la pasada semana en El Correo. Se arbitra por parte de los responsables municipales un plan de productividad para así compensar atrasos que se acumulaban desde el primer gran recorte social de la era de Zapatero. Como hay que justificarlo, en el documento se habla del incremento en la actividad de los agentes: seguridad en los eventos especiales y manifestaciones, persecución de las botellonas, erradicación de la prostitución en las calles, disuasión de los gorrillas, incremento de denuncias, etcétera. Y llegamos al meollo del asunto, folio 4, fórmula matemática, dividamos los 600.000 euros que tenemos para este año entre la plantilla policial y afrontemos un pago único en la nómina de diciembre.

Insisto. No cuestiono que los agentes cobren el dinero que se les debe o tengan comprometido ni la búsqueda de alternativas por parte del Consistorio para un desembolso legítimo, pero sí que se use el concepto de productividad para resolver el entuerto. Es más, tampoco cuestiono que el documento donde se recogen los baremos y conceptos retribuidos –qué incremento de actividades reporta el complemento por productividad– se mantenga y sirva para años venideros. En cambio, sí considero inadecuado el uso del concepto productividad para semejante subida salarial –al fin y al cabo lo es– cuando de lo que se trata es de saldar remuneraciones pendientes.

Y ustedes quizás digan: qué más da el nombre. Pues sí, da, y mucho. Primero, porque el concepto de productividad entraña pagar más a quien realmente lo merece (por escala profesional, departamento, a personas concretas, etcétera) y no para solventar deudas, y menos de forma lineal, todos por igual. Segundo, porque desvirtúa aún más el concepto en un país, España, donde la productividad no se está consiguiendo vía racionalización del trabajo o de los procesos internos ni a través de la tecnología, sino despidiendo a trabajadores y aumentando las tareas de quienes se quedan –y así mi tía también es muy productiva–. Y tercero, porque, además de ser injusto –¿por qué los policías locales sí y no al conjunto de los empleados públicos en diciembre?–, con este proceder ni se hace economía, ni se hace administración.

Sin olvidar la inoportunidad de la medida, justo el mes en que los empleados públicos se quedan sin paga extra de Navidad y en medio de duros sacrificios (recortes) sociales, ni tampoco las veces que el interventor ha echado para atrás los planes del Consistorio para la subida salarial a los agentes, hay quienes interpretan el plan de productividad como una mera excusa por lo requetebién que lo hacen los policías poniendo multas. Yo, que no soy malpensado, creo firmemente en los programas reales de productividad que premien al trabajador y castiguen al vago.

P. D.

La parva. La oposición que lidera Zoido –en el Parlamento andaluz, quiero decir– anda siempre con los mismos temas para atacar al Gobierno de Griñán. Yo, desde esta parva, le sugiero uno nuevo tema, no para que polemice, sino para que acuda el consejero de Economía, Antonio Ávila, a dar explicaciones en la Cámara sobre qué esta pasando realmente en Alestis. Sostendrá el consejero que Alestis es una empresa privada, y sí, lo es, pero participada por la Junta y gestada, además, por los exconsejeros Francisco Vallejo y Martín Soler. Y se necesitan explicaciones porque el grupo aeronáutico va camino de convertirse en otro fiasco como, a principios de los noventa, lo fue el consorcio Andalucía Aeroespacial, también aupado y finiquitado por el Gobierno regional socialista.

La simiente. Enhorabuena a los organizadores del Mangafest, el primer festival de videojuegos y cultura japonesa que, sin un euro de ayuda pública, se acaba de celebrar en Fibes. Al no tratarse de caballos, toros, gastronomía o moda, ha pasado desapercibido para quienes nos gobiernan, pero no para los miles de jóvenes y ya no tan jóvenes –estos últimos han podido retornar por unas horas a su infancia– ni tampoco para las multinacionales y empresas del sector que han apostado por el evento. Un sector, por cierto, que sigue ganando dinero y que sigue creando empresas.

La paja. Uno procede del periodismo económico y lleva muchos años analizando presupuestos estatales y, en menor medida, los autonómicos. Por eso, cuando desde el Ayuntamiento hispalense le traen una veintena de folios de un power point, que incluso podrían haberse resumido en apenas cinco con más letra y espacio normal, se queda estupefacto. Y encima, cuando aparecen sin los números detallados de las empresas públicas, ésas que arrastran el conjunto de las cuentas públicas, uno lanza el siguiente clamor al cielo: Dios mío, Dios mío, ¿y esto que me traen hay que creérselo? Sí, sea un ejercicio de fe.

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