Que se evite la puerca estampa

Todos los conflictos laborales comienzan igual y las estrategias de las partes, trabajadores y empresas, arrancan desde posturas completamente antagónicas –tú no cedes, pues toma esta huelga indefinida–, lanzándose petardos con la prensa de por medio. Lo de siempre. El caso de Lipasam, como cualquier otro, se adapta al guión. Para los empleados de la limpieza municipal, el malo es el Ayuntamiento de Sevilla, y para éste, los malos son sus operarios. Yo no sé realmente quienes serán los malos malísimos, pero sí que en esta historia no existen buenos buenísimos. Habrá que repartir bilis, a ver si impera la pulcra cordura y logramos espantar la imagen de una ciudad estercolero.

Fíjense: tanto discutir sobre el impacto de la torre Pelli en los monumentos considerados patrimonio de la humanidad –Catedral, Alcázar y Archivo de Indias– y digo yo que más asquerosa fuerza visual tendrán sus entornos repletos de mierda. No me tachen de soez, mejor llamar a la basura por su nombre. No. La Sevilla turística no se puede permitir la puerca estampa, y tampoco quienes aquí vivimos, aunque, ahí va el dardo, de civismo y educación aún anda corta la capital, todos presumimos de ser Don Limpio en nuestras casas, pero de puertas para afuera seguimos siendo Don Guarro.

Precisamente ayer, vi a un barrendero recogiendo múltiples bolsas de basura depositadas en el suelo en la calle Corral del Moro, a pesar de la recogida automática, las metes, das a la palanquita, y listo. En poco más de cincuenta metros, hay tres buzones para residuos orgánicos, uno estaba estropeado y, ay, qué fatiga andar unos pasitos hasta el siguiente, aquí mismo las dejo, que las recoja otro. También he visto cómo un operario de la empresa municipal de limpieza barría hacia el cauce del río en el Paseo Juan Carlos I, ya se sabe, ojos que no ven… Y, por último, por Youtube circulan los vídeos de los camiones de la basura de la Alameda no respetando el reciclaje e ignorando los contenedores específicos para el papel y los envases, y esto no es problema ni de los trabajadores ni de los ciudadanos, sino de la propia empresa, Lipasam, y, por tanto, del Ayuntamiento. Quede claro, pues, que existen ejemplos de mala praxis para todos. Todos.

Vayamos al meollo. Ni me gusta ni creo acertada la maniobra del Consistorio hispalense para granjearse la antipatía de la vecindad hacia la plantilla de Lipasam ventilando cuánto gana como media cada empleado y recurriendo, pues, a la táctica del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero contra los controladores aéreos. Son sueldos públicos y sí, tenemos, como contribuyentes, el derecho a conocer la cuantía, pero no valen las medias, hay que concretar aún más los datos. De hecho, este periódico publicó la semana pasada la relación de salarios que sirvieron de base en 2012 para eliminar a los operarios la paga extra de Navidad, y ni por asomo se acercan al promedio del que habla el Ayuntamiento. Eso sí, y aquí viene el matiz: al agregar algunos pluses o complementos que sólo se cobran en determinadas circunstancias pues, oye, un simple peón percibe un buen sueldo al añadir nocturnidades, domingos y festivos porque ven alterados los horarios laborales normales –y, por tanto, la vida misma– que disfrutan el resto de los trabajadores, y eso, señores, se paga, tanto en la administración pública como en la empresa privada.

Es más. El caso de Lipasam revela hasta qué grado está calando en la sociedad dos consignas: una, en España los trabajadores cobramos mucho, y dos, hay que echar a pelear a empleados y parados. La primero justifica los recortes generalizados de los salarios –y que conste, hablo de los curritos, no de altos directivos, y hablo de sueldos, no de dividendos– y asienta la creencia de que ser mileurista es la repera laboral –antes de la crisis, la banca te decía que era un drama, pero no importaba, aquí tiene tu hipoteca, del importe que quieras–. La segunda extiende la amenaza sobre las plantillas, o cobras menos y trabajas más o te despido con el amparo legal que me da la reforma laboral, detrás vendrán casi seis millones de desempleados lamiendo por tu actual puesto de trabajo, sea para barrer calles tras los pasos de la Madrugá, labor que antes no querían y ahora sí los repeinados con chaqueta y señoras de perlas falsas que se sentaban en La Campana.

Dicho esto, a los sindicatos de Lipasam no se les puede quitar la responsabilidad, junto con el Ayuntamiento, de haber dilatado hasta ahora el desarrollo de un acuerdo cuyos términos firmaron la primavera pasada. Las patadas hacia adelante, señores míos, nunca son buenas, y a la larga los perjudicados por la incapacidad para negociar no son los trabajadores ni el propio Consistorio, sino los ciudadanos que, con sus impuestos, pagan los servicios, y la imagen turística de la ciudad, de la que, por cierto, viven muchos.

Si no se trata de privatizar, si el empleo está garantizado, si las nóminas se cobran a su debido tiempo, al personal cabe exigirle flexibilidad al negociar sobre los asuntos que se arrastran –ahorros en la masa salarial y ampliación de la semana laboral en dos horas y media–, tanta flexibilidad como al Ayuntamiento, que, arbitrando como está incentivos de productividad para policías locales y personal de la Agencia Tributaria de Sevilla, podría reservarse la verborrea lanzada contra los empleados de Lipasam, pues rescata el antiguo carácter peyorativo de quien recoge la basura: basurero.

P. D.

La parva. La hemeroteca es muy mala, tiene capacidad para sonrojar, y eso, políticamente hablando, es malísimo. Sí. Como el último Barómetro Socioeconómico de la ciudad dice cosas feas, del estilo Sevilla está peor que hace un año, Juan Ignacio Zoido desacredita al autor del estudio, el Centro Andaluz de Prospectiva, tilda el informe de electoralista y se niega a hablar del asunto. En cambio, cuando los mismos papeles decían cosas bonitas en 2012, pues el alcalde dijo estar «moderadamente satisfecho», y entonces sí era momento para hablar. Políticos…

La simiente. Que no, que lo siguiente no va con ironía, mal me cueste la misma vida. Saludemos la intención de forjar un Pacto por Andalucía de todas las fuerzas políticas andaluzas, iniciativa que parte del presidente del Ejecutivo autonómico, el socialista José Antonio Griñán. Bienvenida sea, aunque yo creía que la reciente reforma del Estatuto andaluz colmaba semejante necesidad de pactos. Qué iluso de mí. A negociarlo, pues, aquí va un voto de confianza, quede aparcado mi temor a que, dentro de apenas semanas, unos (populares) y otros (socialistas) se tiren los trastos a la cabeza acusándose de torpedear el acuerdo. Políticos…

La paja. Se inaugura el Museo Mudéjar y el protagonista no es el Museo Mudéjar sino quien lo inaugura, el alcalde. Supongo que, tras cortar la cinta de parques y más parques y de obras menores, el nuevo espacio museístico le permitía su ración de macropolítica, frente a la micropolítica de la que hace gala el primer edil, y rodarse de un séquito conformado por la créme de la creme de la sociedad y el arte sevillanos. El alcalde no sólo llegó tarde, muy tarde, por sus quehaceres en el PP de Andalucía, sino que la información sobre el contenido del museo, con folletos, guías, etcétera, era mínima. No, señor, alcalde, usted no era el protagonista. Políticos…

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