No creer en nada ni en nadie

Ni aun escribiendo para la sección de Local de un periódico resulta fácil abstraerse de la mortaja de corrupción que entierra a España. A derechas e izquierdas, tanto monta. Es un claro reflejo de la sociedad de este país, ni más ni menos, me dice un colega de profesión, del diario As para más señas. Uf, Javier, reconozco, compañero, que me has pillado. Pero me miro al espejo y, sinceramente, no atisbo esa perversión plasmada. Y me pregunto: ¿Qué he hecho yo, pues, para merecerme a estos crápulas? Uno no es sólo aquello que revela, sino, sobre todo, aquello que oculta. Sí. Ésta es la respuesta: Yo y usted, mi queridísimo lector, conocemos casos de corrupciones a pequeña escala. No lo neguemos: ese ¿con o sin IVA?; ese familiar que recibe ayudas a las que, sin engañar, no tendría derecho; ese que cobra el paro y, sin embargo, está trabajando, ese padre que falsea documentación para que su hijo entre en el colegio deseado… Cuántos casos, ¿verdad? Y no actuamos. Callamos. Lo malo es cuando las minúsculas cosas se tornan mayúsculas y, para más inri, protagonizadas por personas que, con la medalla de servidor público al cuello, se aprovechan de su influencia en las administraciones y en los partidos políticos hasta grados escandalosos. Gente con la vida más que resuelta pero con la avaricia milmillonaria a flor de piel, pero también gente rastrera que, ejerciendo cargos oficiales, cae en lo más bajo por los 600 euros que trae el sobre o por un chute de cocaína. Vergonzoso.

Gracias a la prensa que nos está dando tanto. A la escrita y, por supuesto, a la publicada exclusivamente a través de internet. En unos momentos de criba constante en todos los medios de comunicación y proliferación de gabinetes oficiales, especializados éstos en negar y obstaculizar, uno piensa qué pasaría sin los profesionales del rastreo y sin la memoria histórica. Bajo a Sevilla. Fíjense. Fue tirar y tirar del hilo de una simple denuncia por soborno en Mercasevilla, y ahí tenemos el entramado corrupto de los ERE por toda Andalucía con unas consecuencias judiciales y políticas aún por concluir. Subamos a Madrid. Fue tirar y tirar del hilo de la trama del caso Gürtel, y quedó al descubierto la codiciosa ralea de los amigos de quienes nos gobiernan. Y eso lo hicieron y lo hacen los periodistas de raza y casta, respaldados por sus fuentes policiales y judiciales, y quienes soportaron y soportan la negación de la oficialidad y las salidas de tono tipo sí, hombre (Rajoy dixit). Mi sincero reconocimiento.

Si ya de por sí la sociedad española está muy calentita con la crisis económica, que se adentra en su sexto año, y con el drama del desempleo, esta corrupción política hasta extremos insospechados –de hecho, tan sólo salimos en el The New York Times en reportajes que hablan de penurias y corruptelas– encrespa aún más los ánimos y, por supuesto, ahonda vertiginosamente la brecha abierta entre la ciudadanía y los partidos. Contados garbanzos negros afloran en un potaje, pero, pagando justos por pecadores, terminan siendo los que saltan a la vista. Pero el resto es gente honrada. Y por eso jode tantísimo que, en lugar de separar e incluso escupir, los blancos arropen a los negros ofreciendo un plato común a los estómagos de, por ejemplo, el parado y su familia. El colmo de los colmos, tratarnos como tontos. Miren nuestros IRPF, miren si hay recibís, señalan como argumentario de autodefensa. Sí, claro, como si el dinero B se declara a Hacienda… Estrategias ruines.

Mientras tanto, y aquí llega el latigazo final, de Despeñaperros para abajo vivimos una fiebre de pactos. Por Andalucía, por Sevilla, por la provincia. Las antesalas de meras peleítas, me temo. Al respecto, una sola reflexión. Si los partidos no logran ponerse de acuerdo siquiera en lo más básico ahora, que es el impulso a la economía y al empleo –señores, no me estoy refiriendo a eternos debates ideológicos sobre la Constitución, el Estatuto de Autonomía y el desafío de Cataluña ni tampoco a las condiciones municipales de venta del edificio de la Gavidia, el cambio de usos de la antigua fábrica de Altadis o el desatasco de la tienda de Ikea, sino de cosas inmediatas y tangibles, y no a equis años vista–, al final el descrédito será grandioso, para unos y para otros, a diestra y siniestra. En el caso del pacto en la capital, no me creo nada dado que a la mayoría absoluta del PP nada le hace falta para imponer su rodillo. Y, por último, a quienes hablan en la comunidad autónoma de emular la unidad de los Pactos de la Moncloa: ¿De verdad consideran ustedes que existen en la actualidad líderes políticos con la voluntad, el compromiso y la visión de aquellos años de la transición española? Yo, sinceramente, creo que no. Ni a derechas, ni a izquierdas.

P. D.

La parva. Escucho que el vicesecretario general de los socialistas andaluces, Mario Jiménez, solicita al Partido Popular regional que cree una “comisión de la verdad” para determinar si también en su cúpula, en los tiempos de Javier Arenas, ha habido reparto de sobres al igual que en el partido nacional. Está bien que lo solicite, de veras. Una comisión de la verdad. Suena bien. Y ahora yo le pregunto: ¿La misma comisión de la verdad verdadera que hubo en el Parlamento de Andalucía acerca de la trama de los ERE? Porque allí los socialistas no destilaron precisamente una verdad íntegra…

La simiente. Mercadona ha empezado a repartir alimentos en buen estado pero con cercana fecha de caducidad o con defectos en el envasado entre los colectivos sociales de barrios de Sevilla. La primera experiencia se está desarrollando en un comedor social de Triana. Muchos se preguntan por qué no se ha hecho antes, por qué supermercados, hipermercados y restaurantes tiran tanta comida. Pues porque somos malos. Si algún producto sale deteriorado, ¿cuál hubiera sido el titular? “Tal o cual empresa distribuye alimentos caducados o en mal estado a tal o cual obra de beneficiencia”. Y la reputación, el daño a la imagen, por los suelos. Por eso se mide muy mucho este tipo de medidas. No es tan fácil como se pinta.

La paja. Oye, que en Sevilla capital hay que planificar bien la muerte. Si te mueres un viernes o el fin de semana, que tus familiares hagan un cuadrante con los horarios exactos de las incineraciones, porque no hay suficiente personal en el cementerio por aquello de los recortes presupuestarios, o que piensen directamente en meterte en un nicho, como se ha hecho toda la vida de Dios. De lo contrario, tú, ya muerto, irás del hospital al tanatorio, del tanatorio a cualquier pueblo de Sevilla para que te quemen y, finalmente, del tanatorio al cementerio de San Fernando o donde quieras que depositen tus cenizas. Eso sí, será tu último gran viaje metropolitano.

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