Ovejas descarriadas

Llegaba éste que escribe a Sevilla, ya hace unos cuantos años, media vida, con la impresión de una ciudad muy cristiana, muy católica y muy apostólica, donde una cofradía se ceñía a la primera acepción del nombre, hermandad o congregación de devotos, y no a su tercera, que habla de participar de ciertos privilegios, y, por supuesto, nunca a la cuarta, pues la define como junta de ladrones o rufianes –Diccionario de la Real Academia Española–. Es más, pensaba yo, iluso de mí, que sus hermanos mayores eran no ya hombres buenos, sino buenísimos, gente piadosa, diría incluso cuasi santa, con el bien común y, sobre todo, la fe como únicas guías para el mandato cofrade y su vida personal. Lo dicho: cándido, ingenuo, inocente, tonto.

El tiempo me demostraría que esto de la Semana Santa tiene mayoría de tradición, cultura y arte y minoría de religión, labor pastoral y tarea social y que esos hombres buenos se dejan arrastrar por la vanidad, la confabulación y la conspiración, con puñales incluidos –víctima reciente: Adolfo Arenas– e intrigas contra su pastor, quién, el arzobispo de Sevilla, que ha de bregar no ya con ovejas descarriadas, sino con carneros que topan –y si esto ocurre aquí, imagínense cómo ha de ser el contubernio vaticano–.

Juan José Asenjo habrá pensado para sus adentros que maldita la hora en que se le ocurrió recurrir a las cofradías para organizar el Magno Viacrucis del Año de la Fe. Él, que así quería congraciarse con las hermandades y cogerles el tranquillo como tan bien lo hiciera el cardenal Carlos Amigo Vallejo –y aún lo sigue haciendo, que hay sombras que son muy alargadas– , sale más que escarmentado de esta experiencia, y con la sensación eterna de que a Dios lo que es de Dios, a las cofradías, barra libre, y, como relata el refrán de la familia, éstas mientras más lejos, mejor. Sí. En su día el arzobispo entró con muy mal pie, y no se lo han perdonado…

Monseñor, si de una gran manifestación de fe se trataba, hablando precisamente de ovejas, no me mezcle su reverendísima churras con merinas, porque tras tres años como titular único en Palacio –fíjese la palabra empleada por los periodistas cofrades para referirse a su casa, que aunque palacio arzobispal, sí, ese Palacio en mayúscula tiene cierto deje, su excelentísima ya me entiende– debería haber constatado que, en la Sevilla de las muchas apariencias, la fe muchas veces, más de cuatro veces, está reñida con la sinceridad, y sin sinceridad no hay fe. Por tanto, y que Dios me perdone, el error de bulto radicaba en la concepción misma del Magno Viacrucis, puesto que las multitudes acudirían simplemente a contemplar los catorce pasos, mientras que la minoría, loada sea, estaría con usted en la Catedral con o sin cristos y nazarenos en un ejercicio de credo verdadero, y no fingido.

Ser hombre de iglesia y ser hombre cofrade pueden coincidir, sería lo lógico e ideal, pero, en la mayoría de los casos, no lo hacen, y ahí están las estadísticas que restringen nuestro catolicismo a los sacramentos del bautismo, la comunión y el casamiento, todos ellos con preceptivo banquete. La familia, la tradición, la amistad, la vecindad, la cultura, el arte y, por último, la solidaridad conforman las claves ciertas de las hermandades, y la fe –cuán respetable y encomiable es tenerla en los incrédulos tiempos que corren–, que debería ir guiando, queda rezagada para muchísimos al final.

Que conste. No critico la labor ni la función de las cofradías porque, aunque cuesta para quienes no somos de aquí, he llegado a comprender conceptos tales como ser hermano, sentirse y ser parte de la hermandad, hacer barrio, admirar el arte, dejarse llevar por las sensaciones y las emociones, desear una buena estación de penitencia, y, por qué no, recrearse con la belleza, sin olvidar, eso sí, la callada labor social que realizan, muy meritoria pero, por desgracia, oculta tras toda la parafernalia. Dicho esto, no puedo sino lamentar, a tenor de un Magno Viacrucis que concluyó como el rosario de la aurora, que quienes deberían ser hombres buenos y, claro está, predicar con el ejemplo trasladaran a la feligresía un espectáculo de ovejas –más bien diría cabras– descarriadas, dejando al pastor Asenjo con el alma descompuesta, en ellos la fe completamente perdida, y pensando en Santo Tomás, una, Dios mío, y no más.

P. D.

La parva. Querido Espadas: En política hasta para ser populista hay que tener arte, y usted no lo tiene. Su rival Zoido, sí, lo posee a rebosar, supo cómo serlo en campaña electoral y aquí lo tenemos de alcalde. Pero los modelos no se traspasan entre personas, y no cabe repetirlo ni plagiarlo entre políticos de diversa ideología, simplemente porque no son creíbles. Usted, señor Espadas, es en esencia un técnico, aproveche su ventaja y no se mire en espejos de nadie. No gana nada proponiendo un boicot a Danone para así evitar que cierre su planta de Sevilla. Ni la Junta de Andalucía le respalda. Espero no verlo asaltando supermercados…

La simiente. Atentos a la cadena catalana de distribución alimentaria Miquel Alimentació, que comienza a abrirse un hueco en la provincia sevillana, con aperturas de supermercados en localidades medianas. Poco ruido hace, pero esta compañía, que reúne tanto negocio minorista (esto es, tiendas) como mayorista (establecimientos de cash & carry), mantiene firme su estrategia de ampliar cuota de mercado en el segmento de los supermercado en la comunidad andaluza, con las enseñas SPAR (para el área oriental) y Suma (en la occidental). Y, al contrario que otras empresas de la competencia, Miquel Alimentació primero ha empezado por los pueblos, para después ir subiendo a por el ya muy saturado mercado de la capital.

La paja. A ver, don Juan José Cortés: Peca usted de falta de humildad cuando dice eso de que la montaña vaya a usted y no a la inversa. Ya la montaña no se llama Zoido, quien, en épocas electorales, lo fichó, cual estrella mediática, para ser asesor del grupo municipal del PP en temas sociales. Desde entonces, nadie lo ha visto por los barrios más degradados y con mayores carencias pero, claro está, como usted alega, son ellos los que han de acudir a su despacho, que para eso lo tiene, llamen a la puerta antes de entrar. Ser asesor social desde el despacho, sí, requetebién. El PP puede gastarse su dinero en los asesores que quiera y encomendarle el trabajo que considere oportuno. Pero no me negarán que aquel fichaje resultó a la larga un mero bluf.

Standard

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *