PGOU: las sagradas escrituras, y amén

Sacrilegio consideran algunos que la biblia urbanística de la villa de Sevilla, su Plan General de Ordenación Urbana, sea sometida a puntuales modificaciones. Como si de Carta Magna se tratara, si queréis cualquier cambio, procédase a equis disoluciones de las Cortes con referéndum incluido. No exagero, será que tantísimo trámite a mí me mata. Es más, pienso que semejante tocho, delicado, mimado, intocable, es la mayor obra burocrática de todos los tiempos, concebida en esencia para justificar el funcionariado a tenor de la cantidad de informes, contrainformes, administraciones y exposiciones públicas de ida y vuelta necesarios para borrar y meter el lápiz.

Critíquenme cuanto quieran los padres de esta Constitución y todos aquellos políticos, arquitectos, ingenieros, ecologistas, asociaciones variopintas e incluso periodistas que rezan todos los días según san PGOU, pero yo respaldo a quienes, con pecados veniales, nunca mortales, procuran que el códice, el incunable, se adapte a los tiempos, y no permanezca en un mírame y no me toques hasta que, con el pasar de la vida, y en vez de ser ahora un poco sacrílegos con este texto adorado en pedestal, nos veamos obligados a profanar la tumba del muerto de una capital muerta.

Se cargó de razones el delegado de Urbanismo, Maximiliano Vílchez, al argumentar el pasado viernes, durante la celebración del Pleno municipal, sus reformas parciales del libro de la ciudad. A su justificación más contundente le pongo yo un titular: PGOU, que no INRI. Porque si nos ceñimos a los felices años en los que fue concebido y parido semejante evangelio, ya saben, los previos a la crisis económica, seguiremos creyendo en que todo y pronto, sí, volverá a ser como antes, acto de fe, o más bien de ingenuidad, donde los haya. Las glorias anunciadas en esas sagradas escrituras, señores creyentes, no se han cumplido, así que o puntualizamos la religión o seguimos aguardando las buenas nuevas de la prosperidad bajo forma de paloma.

No estoy avalando, ni mucho menos, el advenimiento de un Lutero urbanístico que cometa la hereje y salvaje picota propia de época franquista –aquí, en Sevilla, también dejó su endemoniada marca, no sólo en la costa–, ni tampoco orando un bendito seas, santo Maximiliano, quien, por cierto, en pocos días quiere sacudirse un letargo que año y medio le ha durado. Sí clamo al cielo para que impere la cordura política, y no que cualquier iniciativa que busque mejorar Sevilla social y económicamente termine convirtiéndose en un berrinche por los siglos de los siglos, amén. Así no se hace ciudad.

No veo claro el porqué un aparcamiento subterráneo en el bulevar de la Alameda. Ni imaginarme quiero otra vez Calatrava colapsada, otro caos circulatorio en los accesos al casco histórico, otra vuelta al pasado, a una ciudad de los coches, del humo, de la contaminación. Sólo encuentro dos explicaciones al férreo empecinamiento del Consistorio. La primera, prometer al futuro comprador de la antigua comisaría de la Gavidia un parking con holgada capacidad para asumir el tráfico adicional generado por el nuevo centro comercial. Y la segunda, plegarse ante  presiones de las constructoras que, tras el fiasco inmobiliario y sin obra pública por delante, atisban la siguiente burbuja en los estacionamientos de pago, milagro, milagro.

En cambio, no veo el porqué no vender y convertir en centro comercial el edificio de la Gavidia, que ya da asquito. Consejería de Cultura, por cierto, no hay mayor impacto visual que el actual, eh, y si lo ve aquí y no en las Setas, es que andará usted ciegamente interesada, ¿o busca en ese edificio en ruinas el atractivo de una Sevilla decadente, cual barrio lisboeta de la Alfama? Qué quieren que les diga, mientras más competencia, mejor, mientras más actividad económica, mejor, y mientras más empleo, mejor. Lo ideal, eso sí, sería un complejo cultural, pero a ver quién es el mecenas…

El prodigio, la cuadratura del círculo, quizás esté en un centro comercial en Gavidia que no requiera parking subterráneo –señor Vílchez, sus propios informes hablan de un residual aumento del tráfico, salvo que los cálculos los tenga cocinados para comer al gusto– porque haya una amplia red de frecuentes autobuses eléctricos, no contaminantes, que, desde otros aparcamientos habilitados en derredor del Centro, lleven a los clientes hasta el casco antiguo. En fin, lancemos un roguemos al señor, te rogamos, óyenos.

Desde la oposición de izquierdas exorcizan, vade retro, Satanás, esta política urbanística a la carta, y sacan el rosario del “modelo” de ciudad. Pues sobre ésta, leo este epitafio: Aquí yace Sevilla tras recibir el sagrado sacramento del PGOU. Descanse en paz.

P. D.

La parva. El interventor municipal ha sido muy clarito en su último informe trimestral sobre el cumplimiento del plan de ajuste concebido por el Ayuntamiento para poder recibir del ICO los casi 60 millones con los que pagar deudas contraídas con los proveedores. Se oirá de nuevo a Zoido apelar a la mala herencia del bipartido de PSOE e IU. Y es verdad, démosle la razón. Pero las demoras adicionales en el pago, de las que El Correo ha dado cuenta, es responsabilidad exclusiva del actual equipo de gobierno, y los proveedores son quienes cargan las consecuencias de unas previsiones de ingresos municipales que no se están cumpliendo.

La simiente. La Consejería de Fomento y Vivienda, a través de la empresa pública EPSA, se acaba de apuntar un tanto frente al Consistorio en la reordenación del tráfico en el parque tecnológico Cartuja 93. Desde el Ayuntamiento, con el actual equipo de gobierno y también con el anterior, se ha prometido mucho a los empresarios, pero nada se ha hecho aún: ni la reorganización de las avenidas principales, ni la implantación de la zona azul, ni el urgente acondicionamiento del Charco de la Pava a lo largo de Carlos III. EPSA ha ofrecido varias bolsas de suelo –algunas de ellas reservadas para la ampliación de Cartuja, aunque con la crisis a saber cuándo– que suman 2.650 plazas de estacionamiento, si bien es cierto que buena parte ya se utilizaba como tales. Se acondicionarán, siendo una gran ventaja para la movilidad. A ver si acaban con la doble fila.

La paja. En tres largos años de La siega, es la primera vez que recurro a la expresión vergüenza ajena. Y va por usted, señor José Antonio Monago, presidente de Extremadura. ¿A qué viene esa arremetida contra la Caja Rural del Sur diciendo no me conquistes, Andalucía, que para conquistadores, los extremeños? Muchos conquistadores tendrá su tierra, que es también la mía, pero la región está a la cola de todo. ¿Dónde están sus cajas de ahorros? Si no hubiera sido por los procesos de fusión, estarían en la ruina. Su salida de tono para denunciar la integración de balances (SIP o fusión fría) de la Rural de Extremadura –recordemos, es una cooperativa de crédito y, por tanto, propiedad privada, nada que ver con las cajas de ahorros– y la del Sur revela un intento de meter la cuchara en las finanzas, y ya bastante sofocones nos dieron los políticos metidos a cajeros.

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