Vivir de una fiesta sin final

Entraba la tarde del pasado domingo y sin haber terminado aún la Feria de Abril ya algunos responsables de nuestro Ayuntamiento pregonaban la inminencia de la festividad del Corpus. Si tenemos en cuenta que venimos de toda una Semana Santa, más sus vísperas, esta Sevilla es, sí, un continuo empalmar fiestas, no salimos de una y entramos en otra, fíjense, a un tiro de piedra tendremos también el Rocío, que será allá en las marismas, pero aquí lo vivimos como propio. Un no parar. Es más, hay que reconocer, y quien así no lo reconozca es que no quiere ver, la gran capacidad del equipo de gobierno de Juan Ignacio Zoido para organizar juergas variadas, y para la recién concluida, oye, pues chapó, hasta los hosteleros baten palmas con las orejas, gracias miles al astro rey, hablamos del ardiente sol, aunque también un poquito del alcalde.

El debate está en si alimentamos el tópico de una ciudad de castañuelas y oles. Un tópico que, señores miarmas, persiste y, mal nos pese, persistirá. Cuánto coraje da cuando quien llama desde Despeñaperros para arriba y con irónico tono voz, de ésos que dan ganas de arrear un guantazo, te preguntan cómo llevas esa feria, cómo llevas ese camino, y uno, con muchísima educación, por supuesto, le responde: si yo estuviera donde usted dice y no trabajando, tenga por seguro que no le cogería el teléfono, so imbécil –esto último también queda en la susodicha recámara de las ganas–.

No obstante, y ahora con la sevillana cabeza bien alta, ¿de qué tenemos que avergonzarnos? ¿Se avergüenzan en Pamplona de que su ciudad se identifique mundialmente con el jolgorio mayúsculo de los Sanfermines? ¿Y se avergüenzan en Valencia de que su ciudad se identifique internacionalmente con la ruidosa algarabía de las Fallas? ¿Nos avergonzamos de transmitir al exterior que somos un pueblo de cultura alegre, sí, alegre, y, dicho sea de paso, que la política extremista, separatista y exclusionista nos la repanchinga? ¿Nos avergonzamos de bailar unas sevillanas con traje de flamenca y envidiamos la seriedad de las sardanas o la tradición de las danzas vascas con sus respectivos vestuarios tradicionales? Esto último es cultura y lo nuestro es mera flojera, ¿verdad? ¡Anda ya¡ ¡Dejemos de ser tan cainitas!

La Feria de Abril es un gran negocio, atrae al turismo, mueve dinero, genera economía y empleo –sí, buena parte temporal, pero también existe otra permanente, que el complejo del Real ni se monta, ni se abastece ni se viste en dos días–, y como tal hay que concebirla y, por qué no, defenderla. Sinceramente, ver atracado el crucero Azamara Quest en el Puerto de Sevilla es motivo más que suficiente para pensar, más allá de la animadversión al traje de gitana, en las posibilidades turísticas de la ciudad. Porque aquí hay cultura, hay arte, hay gastronomía –buena a reventar– y hay, también, folclore y fiesta. Y, señores, si de algo hay que avergonzarse, que sea de las multitudinarias borracheras organizadas para los universitarios ingleses en el Levante español.

Todo lo comentado hasta ahora aquí, este gran guiño feriante, no invalida, sin embargo, la crítica inicial al sempiterno empalme fiestero que impera en Sevilla. No le falta razón al portavoz municipal socialista, Juan Espadas, cuando habla de la repleta agenda social del alcalde y, asimismo, limita al cargo de Fiestas Mayores, excluyendo, pues, los de Empleo y Economía, para su delegado Gregorio Serrano. Cómo me gustaría que, además descubrir carteles de celebraciones religiosas y guateques diversos, el señor Serrano se afanara en descorrer la tela roja de proyectos que realmente reporten Empleo y Economía duraderos. Mientras tanto, Fiestas Mayores los 365 días del año.

Vayan ustedes, señores de Plaza Nueva, planificando lo inmediato, el Rocío y el Corpus, el grande y el chico, que ya nos encargaremos nosotros de convencer a quienes nos llaman desde Despeñaperros para arriba de que aquí, además de festejar de lo lindo, trabajamos duro y que nuestras vidas, a diferencia de la vida de este Ayuntamiento, no es una fiesta sin final.

P.D.

La parva. Contadas han sido las recepciones oficiales por parte de instituciones y empresas en la Feria. Nada en comparación con los años en los que corrían el jamón y el vino para agasajar a políticos, clientes y periodistas. Toca presumir de pobre y, sobre todo, evitar dispendios que pudieran ser mal vistos. Hasta el año pasado, el club de los tiesos –empresarios venidos a menos pero adictos a la vida social y las fotos– seguía caseteando y aparentando con sus trajes, sus puros y sus claveles en la solapa, pero, hoy por hoy, ya no dan el pego, se les ve venir, les resulta más difícil ocultar eso, que están tiesos…

La simiente. Errores puede haberlos cometido y conste que su política pactista con Junta y CEA, cuya crítica fue clave para derrocar a Juan Mendoza en 1998 al frente de UGT de Andalucía, no se comprende en estos tiempos de crisis a la vista del resultado de los acuerdos de concertación social: un vergonzoso nivel de paro. No olvido tampoco que en sus filas, como alto cargo, estuvo Juan Lanzas, un sórdido personaje en la trama de los ERE –aunque garbanzos negros hay en todas las casas–, y le reprocho que ahora justifique despidos en el sindicato por el corte del grifo de los cursos de formación cuando siempre argumentó que se sostenía con sus propios recursos. Dicho todo esto, rompo una lanza a favor de Manuel Pastrana como persona, como luchador en la vida y como defensor de los derechos de los trabajadores. Qué lástima la injusta imagen con la que se va. Suerte.

La paja. Desde la Junta de Andalucía se dispara permanentemente a los bancos, y en su tiro está enclavado el decreto de expropiaciones temporales de viviendas a las entidades financieras. Algo había que hacer, sí, para que la banca devuelva a la sociedad el tremendo esfuerzo que la sociedad española está haciendo por la banca. Sin embargo, el Gobierno andaluz no debería olvidar nunca, pero nunca, que es corresponsable, por acción u omisión, de la pésima gestión que, en tiempos de bonanza, hicieron las cajas de ahorros andaluzas y de sus devaneos inmobiliarios, que hoy estamos pagando todos. Nadie parece acordarse de que aquí, pero también en toda España, eran los políticos quienes ponían y quitaban al gusto consejos de administración y presidentes. Por tanto, se trata de enmendar ahora un problema que la propia Junta de Andalucía contribuyó a crear.

Standard

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *