Esta PAC es un cachondeo

Sí, la PAC es un cachondeo. No sé cuántas reformas y contrarreformas de la Política Agraria Común arrastramos ya en su medio siglo de historia. A todas las llamamos la nueva, y todas son la enésima, palabra socorrida para tales casos. A estas alturas de la vida, la cincuentona no tiene ni idea de qué quiere ser de mayor, prolongando así su particular crisis de los cuarenta, sin orientación y, por tanto, sin identidad. Y sin una ni otra, el riesgo es que el contribuyente europeo, usted y yo, pierda la paciencia e injustamente cuestione para qué tantas ayudas, como también cuestionadas están las propias instituciones comunitarias que no aciertan a sacarnos del pozo económico en el que caímos y en el que chapoteando nos mantienen.

Uno le pide al campo tres cosas: comer, cuidar el medio ambiente y fijar la población a los pueblos. Sencillo, ¿verdad? Pues ahí anda la elefantiásica burocracia europea dando vueltas y vueltas cual burra a la noria, cambiando a cada dos por tres las reglas de juego y sometiendo a los agricultores a las cunitas de San Juan, unas vienen y otras van. Es más, comisario que llega a Agricultura, comisario que echa su meadita sobre la PAC queriendo hacer leyenda, y al final consigue más desconcierto y más complejidad administrativa, léase, papeleo. Si no fuera por las organizaciones agrarias, quienes trabajan la tierra se pasarían más tiempo de ventanilla en ventanilla que labrando el campo.

El entuerto tiene su origen en el lumbreras que, a principios de los noventa, decidió generalizar las ayudas por superficie en las grandes cosechas cerealistas, y que con el tiempo se extendería, en mayor o menor proporción, al resto de los cultivos con derecho a la cobertura financiera de Bruselas. En ese preciso momento la PAC, aplicando a rajatabla unas normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) que no cumple ni tan siquiera Estados Unidos, sancta santorum de la libertad de los mercados, quedó deslegitimizada a ojos de la ciudadanía urbanita. A ver cómo se explica cabalmente a ésta que una subvención se otorgue sin tener en cuenta el rendimiento, la productividad, en suma, la equivalencia entre la prima y el esfuerzo realizado. Porque, y aunque haya quien se rasgue las vestiduras con el siguiente comentario, con semejante fórmula se incentivaba no solo la dejación -para qué voy a esmerarme si al final cobraré igual-, sino también la picaresca -lanzar cuatro pipas de girasol en tierras improductivas- y la llegada al campo de arribistas al calor de los dineros comunitarios.

Para remate, la penúltima reforma de la PAC creó el denominado régimen de pago único -los de Bruselas son así, generan expresiones y palabros tipo chequeo médico, ecocondicionalidad, agroambiental, greening, modulación, elegibilidad, desacoplado, acoplado-, que a ver cómo lo explico: si quieres siembras y si quieres no siembras, puesto que tu subvención te la embolsas como derecho histórico que te pertenece, hagas lo que hagas. ¡Toma ya! Como esto suena muy burdo, pues se reviste con un listado grandioso de condicionantes medioambientales que, lógicamente, el agricultor tiene que cumplir, unos más discutidos que otros pues, ya se sabe, hay quienes gestan normas desde los despachos sin haber pisado ni la naturaleza ni el campo.

Que quede claro. Soy firme defensor de la agricultura y del medio ambiente y a la inversa. Tanto monta. A más de cuatro, economistas ellos, habría que recordarles cuando renegaban de la Andalucía agraria –¿esos? Cuatro paletos de pueblo– y veían en su bola de cristal una Andalucía tecnológica e innovadora, como si no fueran compatibles, y como si el campo y su agroindustria no fueran innovadores y tecnológicos, que algunos parecen seguir viendo arados con bueyes. Hoy la crisis nos hace mirar otra vez al agro en busca de economía y empleo. Para quienes se preguntan el porqué tiene que haber subvenciones agrarias en Europa, ahí van tres razones: 1) porque la calidad agroalimentaria se paga, y sin ayudas, el precio del comer se dispararía; 2) porque la despensa no puede quedar en manos de terceros países, y menos si en éstos reina la inestabilidad política; y 3) porque sin agricultura ni ganadería el medio rural, con el medio ambiente incluido, se caería a pedazos. Y para aquellos que me replicarán que la PAC contribuye al hambre en el mundo al obstaculizar el desarrollo de las economías agrarias de los países pobres, les diría que si eliminar la PAC -y todos los apoyos financieros que los Estados ricos y emergentes prestan a sus agriculturas- solucionara realmente la desnutrición de los niños y condenara al pasado la imagen de sus abultados vientres, yo sería el primero en desgañitarme clamando por la inmediata erradicación de cualquier tipo ayuda. Pero no es tan sencillo.

Precisamente por esa defensa del campo me desconcierta tantísimo este cachondeo de la PAC. Si después de 50 años de historia y tras dos años de negociaciones -y los meses que aún quedan- en Europa aún no saben qué es un agricultor activo, esto es, quién tiene derecho y quién no a las subvenciones, pues entonces apaguen y vámonos.

P. D.

La parva. Se acaba de abrir el debate sobre las peatonalizaciones de calles en Triana -recogidas como propuestas y alernativas en un documento del propio Ayuntamiento-. Tema delicado por la gran cantidad de intereses confrontados y tema polémico como lo fueran en su día las peatonalizaciones de San Jacinto, Asunción o la mismísima Avenida. Bien estará el consenso al que finalmente se llegue en un debate que, tal y como nos tiene acostumbrados Sevilla, durará no meses, sino años. Pero también hay que tener en cuenta que debe primar el interés general sobre el particular. Y para eso es necesaria la valentía. Mucha.

La simiente. Se ha ido uno de los hombres más importantes que ha dado la agroindustria andaluza: Tomás Aránguez, el protagonista del milagro Covap. Si hay empresarios y ejecutivos que realmente merecen un merecidísimo aplauso, sin duda entre ellos está Aránguez. Más quisieran muchísimos de los que hoy se sientan en las cúpulas de las patronales tener la mentalidad empresarial y la visión comercial que tuvo el expresidente de la cooperativa cordobesa. Tanto que le costó el cargo cuando proclamó que las urgencias del mercado exigían celeridad en la toma de decisiones en las cooperativas y que un hombre un voto no era justo si unos aportaban más que otros. Defendió crear una sociedad anónima vinculada a Covap, y la votación fue no. Persona discreta, huía de saraos. Quizás por eso no hubo ni un mísero comunicado de pésame de la CEA.

La paja. Les juro que cuando leí el comunicado de prensa del Partido Popular de Sevilla sobre el estado de la comarca de la Sierra Norte que hablaba de “devastación” y de que “el bipartito la está condenando a un futuro muy negro” casi me entra una depresión. Me relajé cuando vi la imagen sonriente de Juan Bueno, presidente del PP en la provincia, que posaba con diez representantes del partido en la zona, incluidos pantalones cortos y sandalias. El lugar: una estrecha calle de uno de los pueblos de la Sierra Norte. Cierto es que a la Junta de Andalucía le debería sonrojar su dejación en esta comarca tras los efectos de la fuerte nevada del pasado febrero, con el destrozo de miles y miles de encinas y alcornoques que ahora son pasto para las llamas. Sí, esto es lo gordo. Pero, hombre, hablar de devastación mientras se posa con sonrisa en la cara…

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