Allí donde maten las armas

Yo tengo una escopeta. Bueno, es de mi padre, cazador él, su gatillo nunca lo he apretado, pero ahí está mi arsenal en herencia, por si algún día se despierta uno a lo Michael Douglas en Un día de furia y se lía a tiros, ganas no me faltan –léase como un decir de los muchos que se dicen–. El arma, una reliquia de los años sesenta que pesa tanto como los muertos de sus muertos, animales todos, conejos, perdices, palomas y poco más, tiene más papeles que una obra de teatro y, para obtenerlos, lo primero, además de apoquinar las perceptivas tasas públicas, es pasar satisfactoriamente una revisión médica que certifique que su dueño, aquí pongamos que yo, se encuentra muy bien de salud y, sobre todo, que no está majara. Si algún trámite falla o el permiso caduca, véanse estos guardias civiles que vienen a mi casa para llevarse al cuartel la escopeta requisada. Es cual nómina de un trabajador: a quien la tiene, le vigilan con extremo celo, no se escapa, y no vean, en cambio, cuantísima economía sumergida campa a sus anchas…

Fue mi compañera María José García quien se encargó la pasada semana de cubrir el crimen de las Tres Mil, donde una pequeña de siete años –¡siete años!– falleció víctima de una bala perdida en un indiscriminado tiroteo cuando un clan trataba de ajustar cuentas con otro. Un inciso. Dicen que estos clanes de la droga y la delincuencia tienen matriarcas y patriarcas, mujeres de delantal y hombres con bastón cuyas férreas manos conducen los entresijos y los negocios de sus familias. Uno, que siempre espera buenos consejos de padre, madre, abuelo y abuela, jamás llegará a comprender de qué madera están hechos quienes inducen a sus hijos y nietos a la violencia y al delito. Malas personas.

Sigamos el relato de María José García, que allí, en el lugar del crimen, habló hasta con el perro que pasaba. Sorprendida venía tras constatar que los propios vecinos conocían qué tipo de armas se había utilizado en el tiroteo, que si munición, que si calibre, que si pudieran ser de procedencia militar… Palabras, testimonios en primerísima persona, de quienes están acostumbrados a convivir con ellas y, en algunos casos, los menos, a manejarse y servirse de ellas. Y mientras mi compañera proseguía su narración, uno, que, reitero, tiene una escopeta, recuerda cómo pide los cartuchos en la armería para el padre: “Dos cajas del cinco y una del seis”. Y si, para mi vergüenza, el dependiente peca de experto y solicita detalles sobre el encargo, en la recámara tengo una socorrida respuesta: “Es para matar pájaros”.

Que exista tanta familiaridad con las armas revela que lo sucedido en el Polígono Sur no es un hecho puntual, como proclaman unas administraciones públicas que llevan tres meses diseñándole el esmoquin al Comisionado, desde que Jesús Maeztu pasara a mejor vida, la de Defensor del Pueblo Andaluz. No estoy diciendo que una figura institucional vaya a traer precisamente el milagro a la zona, pero digo yo que en algo ayudará y, sobre todo, dejará muestra del compromiso hacia la barriada. No, insisto, no es un hecho puntual, sino la evidencia de que las armas son allí –y aquí, porque ellos también somos nosotros, Sevilla– el pan suyo de cada día. Sin papeles, sin tasas por los permisos, sin certificados médicos, sin la especial vigilancia que requiere una zona donde existe constancia policial y vecinal de que hay un auténtico arsenal metido en las casas de los clanes de la droga y rulando peligrosamente por las calles.

Llego al meollo de este artículo. Qué gran cantidad de comunicados de prensa de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado desplegados en Sevilla desembarcan en las redacciones de los periódicos y qué mala memoria tendré si les confieso que no recuerdo ni uno solo que últimamente haga referencia al tráfico de armas en la provincia. Será algo aislado a tenor de la falta de información sobre la circulación ilegal de escopetas, pistolas, fusiles, metralletas y demás engendros de la muerte. O será que, aun sabiendo que las hay, el silencio oculta la carencia de una efectiva persecución policial. Yo seguro sólo sé una cosa: que una bala mató a la niña Encarnación procedente de una pistola que, me juego el cuello, no tenía papeles.

Mis palabras, cuidado, no ponen en cuestión toda la magnífica labor realizada por los policías en este caso, y desde aquí vayan por delante mis felicitaciones por su pronta resolución y, asimismo, por esa grandiosa satisfacción de saber que los presuntos responsables del tiroteo que sesgó la vida de la pequeña, el clan de Los Perla, duermen entre rejas y sin sus ocho kilos de oro, frutos de las lágrimas vertidas por madres, padres, abuelas y abuelos honrados, de cualquier bloque del Polígono Sur como de cualquier barrio del resto de la capital, que han visto caer a sus hijos en el infierno de las drogas.
Dicho esto, señora delegada del Gobierno en Andalucía, Carmen Crespo, y señor alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido: la seguridad es esencial en todos los barrios. Sí, absolutamente en todos. Pero la lógica indica que debería ser mucho mayor en las Tres Mil que en el Casco Antiguo. Y simplemente es una cuestión de armas.

P. D.

La parva. Sí, será como clamar en el desierto, pero ahí va mi carta a los Reyes Magos que habitan en el Palacio de San Telmo. Mi querida próxima presidenta, Susana Díaz: Sólo le pido que, en la formación de su Gobierno, primen los intereses de Andalucía –economía, empleo y Estado del Bienestar– sobre los intereses del partido, y que las personas que ponga al frente de las consejerías lo sean por méritos propios y no por el servicio al partido. Porque uno podrá ser muy útil a las siglas políticas pero tener nula capacidad de gestión, y es precisamente de ésta, de gestión, de la que anda escasa nuestra Andalucía.

La simiente. La recuperación de Itálica para el teatro es todo un acierto no sólo por ampliar la oferta escénica de Sevilla, sino también por el encanto de presenciar una obra en el recinto romano –por algo tendrá tantísima aceptación el festival de Mérida–. Se trata, además, de una vía de escape para las compañías teatrales y actores de Andalucía ante el recorte de ayudas públicas, asumiendo el riesgo de ir a taquilla, tal y como nos explicaba Dolores Guerrero en un reportaje publicado en El Correo de Andalucía. Confiemos en que esta iniciativa, constreñida a doce actuaciones entre los meses de agosto y septiembre dentro de la programación Teatros Romanos de Andalucía diseñada por la Consejería de Cultura, se mantenga en años venideros, consolidando Itálica para el teatro, al igual que ya lo está sobradamente para la danza.

La paja. Cada vez que España quiere presumir de tecnología traemos a los inversores extranjeros a las plantas solares de Sevilla, sobre todo a la de Abengoa en Sanlúcar la Mayor. ¡Miren qué magníficos somos! Por allí han pasado reyes, príncipes, presidentes, financieros, y todos con el ¡oh! en la boca. Después perdemos la fuerza por esa misma boca tras los tijeretazos a las renovables –que es una clara inversión de futuro, no sólo económica, también tecnológica y medioambiental– y cuando se pretende incluso imponer un impuesto estatal sobre las placas solares de autoconsumo eléctrico de viviendas particulares y pymes, frustrando las expectativas de ahorro a unas familias y empresas que ejecutaron un desembolso no precisamente bajo. La próxima visita internacional, que se hagan a la térmica de Endesa en Carboneras. Qué bonitos humos…

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