Como decíamos ayer…

Nos adentrábamos ya en el otoño de 2007, justo con los últimos coletazos del boom económico y cuando nadie ni nada hacían presagiar que caeríamos en una larguísima crisis que a duras penas aún hoy tratamos de sacudirnos. De la mano de su entonces director, Antonio Hernández Rodicio, El Correo de Andalucía decidía entonces gestar una sección de Economía propia para conferir a ésta su merecida relevancia, apostando por temas locales y andaluces y, además, por todos aquellos que más directamente afectaran a los ciudadanos y, en definitiva, a sus bolsillos. El que suscribe este artículo se hizo cargo de la encomienda junto con Isabel Campanario y Clara Campos. Nacía así el reducto de los económicos, una gente rara cuyo principal empeño estribaba en hacer comprensible la Economía, esa cosa residual que apenas se tenía en cuenta, a sus lectores. Nuestras puertas quedaron abiertas a la agricultura, a la industria, a la construcción, a los servicios, a la tecnología, a los trabajadores y a los empresarios. Gran atención prestamos a explicar las reformas laborales, tributarias y financieras y, además, especial mimo les dedicamos a los empresarios –mucho más a los de verdad y a los emprendedores que aquellos cuasi adictos a la prensa, quede también dicho–.

Y vino aquella y hoy todavía esta maldita crisis. Primero negada –recuerden a Pedro Solbes–, después convertida en incertidumbre –con variopintos eufemismos, cada cual más retorcido, que buscaban restarle importancia–, más tarde en miedo –esa prima de riesgo, qué será de nosotros si nos intervienen– y finalmente en suma negrura, en pesimismo, un gigantesco desempleo y una absoluta ausencia de confianza que retroalimentaba –y aún retroalimenta– a la propia crisis económica. En la sección las cuestiones se desmenuzaban para, ante todo, explicarlas. Y la economía, esa gran temida y desconocida, era –para mal, siempre para mal– portada un día sí y al otro, también. A los económicos se nos buscaba: ¿Qué es un ERE? ¿Por qué se desploma la bolsa? ¿Quién es esa prima de riesgo? ¿Cómo me afectará la subida de impuestos? ¿A qué edad y con qué pensión me podré jubilar? ¿Cuánto tendré que cotizar? ¿Corre peligro mi dinero en tal banco, lo saco? Y, sobre todo, una pregunta sin respuesta posible porque nadie la tenía y, en cambio, sí fueron muchísimos –expertos ellos– los que se dieron de bruces al ofrecerla: ¿Cuándo llegará la recuperación y se frenará esta sangría del empleo? Éramos, por así decirlo, un paño de lágrimas. Se nos veía poco menos que como gurús pese a que nosotros teníamos las mismas inquietudes.

Pero la crisis y el paro también nos alcanzaron como El Correo de Andalucía y como sección. Un ERE inicial, una posterior tanda de despidos y un ERTE como remate hicieron que Economía desapareciera y su información quedara desperdigada a lo largo de las páginas del periódico. Estar estaba, pero dispuesta así se le estaba restando entidad. Quizás fuese la resignación ante lo evidente: todo era negro. Y ya se sabe: ojos que no ven…

Me disculparán ustedes, queridos lectores, por hablar de nosotros. Pero hay razones para contarles por qué tan larga ausencia –dos años y pico– y por qué hoy se recupera la sección propia de Economía de El Correo de Andalucía. Nos encontramos ahora ante lo que podrían ser –y fíjense en el podrían, puesto que la ingrata experiencia nos aconseja colocar el condicional por delante– los primeros atisbos de una verdadera recuperación, y no aquellos brotes verdes que, quizás ciega y sin mala fe, percibiera Elena Salgado en tiempos de Zapatero –y ya ha llovido–.
En el ánimo de contribuir a la misma, sacudirnos este sempiterno pesimismo, generar confianza y enraizar esa poca luz que se ve allá, muy al final del túnel, El Correo recupera Economía. Siguen el que escribe e Isabel Campanario y se incorpora Iria Comesaña. Clara Campos, muy a nuestro pesar, se bajó en el camino –suerte–.

Y como decíamos ayer…

P. D.

La parva. Lejos quedan los tiempos en los que los banqueros se trataban de usted y, por tanto, no se tiraban los trastos a la cabeza. No son modos ni formas los que han empleado hasta ahora los directivos de Caja Rural de Extremadura para divorciarse del SIP (o fusión fría) con la sevillana Rural del Sur y la Rural de Córdoba. La paz se ha impuesto, por fin, en los comunicados de prensa de ambas partes mientras prosiguen las negociaciones para esa –dolorosa– separación ordenada. Se espera que el pacto quede sellado a finales de enero para que le dé el visto bueno el Banco de España.

La simiente. En unos momentos en los que la constructora Sacyr ha dañado la imagen exterior de España por sus amenazas de paralizar las obras del canal de Panamá si no le sueltan más parné –sí, señor Gobierno de Rajoy, las empresas también pueden perjudicar la marca España, no sólo las huelgas de los trabajadores–, resulta estimulante que la multinacional sevillana Abengoa se haya adjudicado un macrocontrato en Chile para construir la mayor planta termosolar de Latinoamérica –nada más y nada menos que 730 millones de euros de inversión– y con tecnología desarrollada aquí al ladito, en Sanlúcar la Mayor. Y ya que hemos citado a Sacyr, esperemos que su repercusión no afecte a otras empresas sevillanas que, como el grupo Rusvel, tratan de abrirse paso en los contratos públicos de aquel país centroamericano.

La paja. No es frecuente que un empresario y un político se enzarcen en público, y menos cuando generan tensión –y vergüenza ajena– entre los presentes si faltan a las formas. Es lo que precisamente ocurrió ayer por la mañana entre el presidente de la Cámara de Comercio, Francisco Herrero, y el alcalde de Sevilla, Juan Ignacio Zoido, a cuenta del relevo en la presidencia del Puerto dado que su actual ocupante, Manuel Fernández, tiene los días contados. Que si le toca al Estado –dijo Herrero–, que si le toca a la Junta de Andalucía –replicó Zoido, en otro motivo más para la confrontación con el Gobierno autonómico–. Al margen de quién tuviera o no la razón –de hecho, cada uno tenía su parte–, lo cierto y verdad es que perdieron las formas, y este tipo de espectáculos no es para nada edificante. Riña de gatos.

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