Marca blanca. Una relación de amor y odio

Con el corazón no se come, no, aunque sí quita las ganas de comer. Si vemos con sus ojos, el anunciado cerrojazo de la fábrica de Puleva en Alcalá de Guadaíra quizás duela más que los ya acometidos en la provincia sevillana por otras grandes empresas alimentarias como Saimaza, Danone, Panrico, Cargill o Central Lechera Asturiana por la sentimental razón de que aquella láctea era, hasta hace poquitos años, muy andaluza, muy nuestra, orgullo regionalista. Esta firma se identificaba plenamente con Granada hasta que el sevillano Antonio Hernández Callejas, presidente del grupo español Ebro Foods –y directivo que olfatea como ningún otro los peligros que acechan al sector del estómago–, la vendiera a la multinacional francesa Lactalis. Pero al margen de la descrita sensiblería –al fin y al cabo el negocio y el poderoso don dinero no entienden de fronteras ni de patrias chicas–, quede aquí constancia de que la industria alimentaria que presume de su propia marca tiene un serio problema: sacrificarse precisamente por y para la marca sin atender a la realidad de un país que enfila su séptimo año de crisis económica y de sangría laboral.

Me explico. Socorrido resulta ya el argumento de que una empresa alimentaria cierra por culpa del imparable crecimiento de la marca blanca (productos bajo etiqueta de la cadena de distribución), haciendo cargar sobre ésta la culpa de su propia incapacidad para adecuarse al mercado abaratando los precios conforme al recorte en el nivel de vida de los ciudadanos. Sin olvidar también que son legión los empresarios llamémosles marquistas que mantienen con los supermercados e hipermercados una relación de amor y odio: al tiempo que les escupen –la queja común: uy, cómo aprietan–, también les fabrican y envasan marcas del distribuidor, picando de aquí y picando de allá sin perder puntada, sin dejar escapar el filón del negocio. Eso sí, chitón, a ser posible que nadie se entere de que mi producto con renombre a precio equis y con publicidad de marca puede encontrarse en el mismo lineal con ligeros retoques, bajo otro apellido y a un precio de equis menos uno. Dice el súper: tenga usted, señor cliente, este abanico de posibilidades, y ese plus que se presupone a la marca, que lo pague quien quiera –y pueda–.

Que no se entiendan mis palabras como un ataque a la industria alimentaria, sí como dos lógicos toques de atención para que aflore la autocrítica. El primero: no se puede estar en misa y repicando, ni tampoco morder tan alegremente la mano que es una parte o el todo de tu sustento. Y el segundo: algo se estará haciendo mal para que las etiquetas de las cadenas de distribución acaparen ya en España el 41,5 por ciento de las ventas de alimentación –el dato es de 2012–, y subiendo.

¿Porcentaje escandaloso? La consultora SymphonyIRI Group, especializada en análisis de mercados de gran consumo, ha realizado un informe sobre el grado de penetración de la marca blanca en distintos países. Y concluye que el nuestro está por encima del promedio europeo (el 35,6 por ciento) y de EE. UU. (12 por ciento). Los extremos para los vecinos: en la parte más alta, el Reino Unido (50,5 por ciento), y en la más baja, Italia (16,8 por ciento). Sí, Italia, ese país que aún miles de vueltas nos da al venderse a sí mismo y vender su alimentación, aunque sea un aceite de oliva de Andalucía made in Italy

Y un dato más del estudio. La marca del distribuidor aumentó en el año 2012 ¡casi el triple! que la media europea (1,3 por ciento frente al 0,5). Cuando la urgencia aprieta, o te pones la pilas o terminan arrinconándote. Estamos, recuerden, ante una necesidad básica, comer, no ante la elección secundaria entre un Porsche y un Ferrari.

Cierto es que la clausura de industrias alimentarias se ha acentuado con esta ya larga crisis económica, aunque no lo es menos que la reestructuración de grandes compañías ya arrancó incluso antes, y ahí va este rosario de nombres: Unilever, Pastas Gallo, Campofrío, Nutrexpa, Orbit, Bimbo, Conservas Burela, Panrico, Parmalat, Henkel… Y como en cualquier otro negocio, concentrar fábricas para reducir los costes es la tendencia, y contra esa lógica de los costes es complicado luchar, con o sin pasadas subvenciones públicas.

Por supuesto, todo lo aquí escrito no es un pasaporte de libertad para que las cadenas de hipermercados y supermercados aprieten hasta ahogar a sus proveedores. Pero allí donde una multinacional pega el cerrojazo se abren posibilidades para las empresas más cercanas y vías de escape para los trabajadores que no puedan ser recolocados o prejubilados.

Y para terminar, una advertencia a esos políticos acostumbrados al populismo del boicot: recuerden que Puleva sigue aquí al lado, en Granada. Que esta empresa no es Danone…

P. D.

La parva. La posición de la Consejería de Agricultura a la hora de enfrentar la negociación del reparto nacional de las ayudas de la PAC ha sido tremendista y la del Ministerio del ramo, oscurantista. De un lado y de otro tratan de obtener el beneplácito de las organizaciones agrarias a sus posiciones, pero que quede clara una cosa: desde la Junta se han elaborado unas cuentas con pérdidas de cientos de millones de euros que surgen de la peor hipótesis y reclamando el todo por el todo, aún a sabiendas de que el dinero es el que hay y que cualquier ayuda para un sector se deberá detraer de otro. No todos pueden ganar…

La simiente. Javier González de Lara llamó personalmente a Ricardo Serra, presidente de Asaja Andalucía, para sondear si en la asamblea de la CEA de este jueves que elegirá al malagueño –único candidato y heredero universal– como nuevo mandatario de los empresarios andaluces la patronal agraria le brindaría su apoyo o no. Las relaciones quedaron prácticamente muertas con Santiago Herrero, y González de Lara trata de restablecerlas. Pero Serra le respondió que, de momento, no. Primero escuchará su discurso y después verá los hechos antes de bendecirlo. Un discurso coherente. Eso sí, asistirá a esa asamblea, de la que se ausenta desde hace años. Por algo se empieza…

La paja. Esperaba las críticas de IU al encuentro de Susana Díaz con el presidente del Banco Santander, Emilio Botín –no tanto los bandazos, unos maldiciendo, otros medio bendiciendo después–. Ya se sabe, el socorrido discurso de los bancos y el capital. Pero, sinceramente, no esperaba que desde las filas del PP de Andalucía se alzaran voces contra esa reunión, restando importancia a las buenas nuevas que la entidad financiera traía para la comunidad. No percibo, al menos en este caso, un doble discurso del Ejecutivo regional. Es compatible que legisle contra los desahucios al ser un clamor social y se ponga a la banca alfombra roja para que invierta. Lo del PP es la cizaña por la cizaña.

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