Líbranos del mal ladrillo

Pues sí. Aquí tenemos ya el nuevo modelo de crecimiento económico que, allá por el mes de mayo de 2009, nos prometiera el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en su improvisado anuncio durante un mitin en Dos Hermanas. Tratábase la cosa de alejarnos del muy denostado ladrillo para adentrarnos de lleno, así, a golpe de decreto, en los mundos de la innovación y del manido término político de la sostenibilidad. Y tal cosa, qué suerte, arrancaría en Andalucía, sí, dijo Andalucía, ante la perplejidad de José Antonio Griñán, que, al mando de la comunidad, se preguntaba y esta cosa de qué va. Invéntense lo que proceda, pero hágase la palabra de un mandatario español que parecía ajeno por completo a la realidad de su país y, más concretamente, de la autonomía.

Y la realidad es muy tozuda. Casi cinco años después, quien gobierna esta comunidad, la también socialista Susana Díaz, nos engatusa con un plan para –aseveró– reactivar la construcción, y aquí cabría preguntarse si la cosa vuelve a su estado original tras constatarse que aquel idílico modelo –¿dónde hay que firmarlo?– no es capaz de generar el empleo con la rapidez que necesita una Andalucía ahogada por el paro. Si realmente alguien percibía una pronta Silicon Valley que abarcara todo Despeñaperros para abajo, semejante individuo no sería iluso, sino lo siguiente: un mero político.

Que se identificara construcción con vivienda fue un error gravísimo, puesto que, al final, han pagado justos por pecadores. Porque el ladrillo no sólo se constriñe a las especulativas promociones inmobiliarias, edificadas sobre la liberalización de los suelos y en numerosísimos casos, recuerden ustedes, sobre una espesa y escandalosa mancha de corrupción urbanística y política. El ladrillo, sí, es mucho más. Es la SE-40 y la torre Pelli, es un colegio y un hospital, es una cocina y un cuarto de baño reformados, es un arquitecto y un albañil, es un electricista y un fontanero, es una carpintería y una tienda de tela para las cortinas. Fíjense en cuántas actividades y cuántas profesiones han sido arrastradas por las quiebras (suspensiones de pagos o concursos de acreedores) de constructoras e inmobiliarias. Nunca entenderé, pues, ese desprecio contra el andamio y sus obreros destilado en los últimos días para atacar la iniciativa lanzada por Susana Díaz, sin negar, eso sí, las contradicciones de una Junta de Andalucía donde ayer fue negro lo que hoy es blanco.

Pero cuidado con el despertar de esa adormilada avaricia. Los últimos movimientos en la Bolsa española, con una fortísima revalorización de las inmobiliarias –que no constructoras– al calor del creciente interés de relevantes empresarios, en especial del dueño del imperio textil Inditex, el riquísimo Amancio Ortega, pronostican –y, sí, aquí todas las cautelas son pocas– una inminente recuperación del ladrillo. Y lo que parecería en principio bueno, da hasta miedo. Tropezar otra vez en la misma piedra, primero la burbuja para después el estallido, sería, de veras, para crucificarnos.

El manido argumento de la rápida creación de empleo, el que precisamente se esgrime para el rescate público de la construcción anunciado por Susana Díaz para el solar andaluz, ni debe ni puede ser excusa para abrir la mano en exceso. Pues usted sabe muy requetebién, mi querida presidenta, que abundan los empresarios que, escudándose en los pactos de la concertación (o paz) social y de la manita de la patronal CEA, llevan años haciendo cola y preguntando y de lo mío qué. No se deje caer en la tentación y líbrese del mal, amén.

¿Tentación? Pues claro: tratar de reducir a marchas forzadas –y como sea– el paro andaluz con vistas a las próximas elecciones, habida cuenta de que la recuperación económica será tremendamente lenta, y para que se note siquiera un algo –¡oh, triunfo!– que baja la lista del desempleo se tendría que recurrir sólo a qué: a lo de siempre, el ladrillo. Y he aquí el error, el mal.
¿Rescatarlo? ¿Resucitarlo? Sí. Pero como mero complemento y nunca como pilar esencial de la política económica. Lo fundamental, aunque no geste empleo instantáneo, es incentivar el resto de sectores: aquéllos en los que somos ahora fuertes –campo, agroindustria, turismo– y otros –industriales, tecnológicos, energéticos– que para Andalucía son futuro y no pasado.

P. D.

La parva. El nuevo presidente de la patronal andaluza CEA, Javier González de Lara, prometió rigor y transparencia en su discurso tras ser elegido por amplísima mayoría en una asamblea de la patronal donde la noticia hubiera estado incluso en una mayoría corta, habida cuenta de que no sólo era el candidato único, sino el candidato. Pues el patrón mal comenzó. Allí no se repartió ni un solo papel a la prensa respecto a la evolución, aunque fuera un avance provisional, de las cuentas de la patronal durante 2013, si hubo más o menos pérdidas que en 2012, si se dieron de baja más o menos empresas. Ni tan siquiera la memoria anual, ya saben, esa nutrida de fotos del presidente y su cúpula, aquí hemos estado y nos hemos retratado. No es precisamente holgada la economía de la CEA ni intacta su reputación como para que no ya haya datos.

La simiente. Permítanme que les dedique esta fructífera simiente a los compañeros de El Correo de Andalucía, cuya lucha por sacar adelante este medio de comunicación ha sido reconocida con un premio de la Asociación de la Prensa de Sevilla (APS), recogido ayer por quienes la han protagonizado, sus propios trabajadores. Lo cierto y verdad es que la historia vivida en los tres últimos meses por El Correo –decano de la prensa sevillana y hoy integrado en el grupo andaluz Morera & Vallejo– es digna de ser estudiada en las escuelas de negocio –queridos profesores y amigos del Instituto Internacional San Telmo, ahí queda el envite–, puesto que reúne múltiples facetas empresariales y laborales. Todo un caso para su análisis. Felicidades, compañeros.

La paja. Ni bares, ni cafeterías ni restaurantes de Sevilla se están dando precisamente prisas para cumplir con la obligación de retirar las tradicionales aceiteras rellenables y sustituirlas por otras que no puedan ser manipuladas y, por tanto, sin la posibilidad de mezclar el aceite de oliva del bueno con el no tan bueno. Desayunar fuera permite comprobar cómo permanecen los antiguos envases, prohibidos desde el 1 de enero pasado por mandato del Ministerio de Agricultura, a excepción de aquéllos que contengan aceites adquiridos con anterioridad a esa fecha. Estos últimos gozan de una moratoria hasta el próximo Día de Andalucía (28 de febrero). A partir de entonces, sólo envases cerrados y etiquetados. Pero bien estaría que se comenzara a vigilar.

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